No sabemos
cuál es la situación de salud mental en Venezuela: no hay cifras oficiales y no
parece haber una política de atención a la salud mental desde las autoridades
de salud venezolanas. El
Observatorio Venezolano de Violencia registró 306 suicidios en 2020 y 340 en 2021. Los
especialistas alertan sobre la situación.
“Aquí tenemos
violencia de todo tipo: económica, institucional, de género”, dice Siboney
Pérez, psicóloga especializada en psiconeuroinmunología y parte del programa
Acompañando en dolor de Psicólogos Sin Fronteras y el Grupo Social
Cesap.
La exposición
constante a esto genera consecuencias: normalizamos y hasta naturalizamos la
violencia. Cierto tipo de situaciones puede generar traumas, respuestas
emocionales ante eventos fuertes. La persona que lo experimenta puede sentir
dolencias físicas, experimentar flashbacks (imágenes que
recuerdan el evento traumático), entre otros síntomas.
Conversamos
con Siboney Pérez sobre las consecuencias de los traumas, al aumento de casos
de suicidio y la salud mental en Venezuela.
—¿Qué es
el trauma y por qué se genera?
—Hablamos de
trauma cuando una experiencia o un suceso es demasiado estresante o fuerte:
accidentes de tránsito, incendios, abuso sexual, explosiones de bombonas de
gas, etcétera. Esto genera síntomas de un malestar subjetivo, el cual tiene un
origen externo. Pueden haber agentes estresores reconocibles, como armas. El cerebro lo detecta como
una potencial amenaza. Además, genera una respuesta neuroquímica asociada a la
supervivencia: emociones fuertes, intensas, displacenteras, como puede ser
miedo porque estás ante un evento que amenaza tu vida. Frente a la percepción
de peligro inminente, podemos afrontarlo a través de tres respuestas de
supervivencia: la huida: salir donde está el peligro; la lucha: me enfrento a
la amenaza, y la parálisis. Se pueden generar síntomas significativos de
malestar, diferentes a los que encontramos en una experiencia normal. Además la
persona puede experimentar temor, miedo, desamparo intenso,
vulnerabilidad.
—¿Qué
consecuencias puede tener esto en la vida cotidiana?
—Luego del
evento traumático viene el proceso de duelo. Hablar sobre el trauma tiene un
impacto psicológico que va a destacar todo ese sentimiento, ese temor, ese
miedo, justamente cuando la persona se sienta vulnerable, y esto también lleva
a que la persona pierda confianza en sí mismo y en el entorno. Evitará
actividades, ciertos lugares o personas que de alguna manera le recuerdan lo
que experimentó, al trauma. Esa experiencia queda grabada en tu psique y hace
que te limites en toda tu vida: en la vida afectiva, puedes perder interés en
actividades que antes resultaban agradables, gratificantes, como puede ser trabajo,
amigos, celebraciones. Además, estas experiencias traumáticas van a presentar
una serie de dificultades como conciliar y mantener el sueño. Puede haber
incluso cambios de conducta. De allí el trastorno de estrés postraumático, en
el cual las personas se tornan irritables, hostiles e intolerantes. En muchos
casos pueden sentirse heridas en su dignidad. Todo esto que te estoy
describiendo deja una impronta que va a permanecer, memorias emocionales que
van a ser recordadas y vividas de manera reiterada.
A veces
la persona experimenta culpa o fantasea con haber hecho algo más luego del
evento traumático…
Empiezan esos
pensamientos reiterativos, aumentando de alguna manera sentimientos de duda, de
culpa, de impotencia, ante el suceso: “¿Quién me manda a no estar pendiente,
estar atento sabiendo que estoy en este país?”. Eso genera impotencia. Mientras
las personas que viven estos episodios traumáticos no encuentren sentido a ese
evento, lo van a seguir evocando una y otra vez. Empiezan a buscar respuestas sobre
cómo ocurrieron los hechos, qué estaban haciendo. Van a generar incluso una
serie de versiones hipotéticas del evento, a medida que lo van relatando, de
rabia, impotencia, angustia.
—¿Qué
pasa cuando las personas experimentan sucesos que les causan traumas?
—Pueden
experimentar desde cuadros de depresión en sus distintas variaciones hasta
deseos de morir; o trastornos de ansiedad y en especial aquellos síntomas
relacionados con estrés postraumático. También causa que la persona evite
estímulos del entorno que recuerdan el evento traumático. Puede haber
alteraciones de las funciones cognitivas y sobre todo cambios en la manera de
pensar y de manejarse con el entorno. Puede traer alteraciones de sueño,
pesadillas.
Esas huellas
emocionales quedan de alguna manera incrustadas. Si no se trabaja, por supuesto
que lo vas a reexperimentar continuamente. Incluso así hayan pasado años. Ese
tiempo en la mente no transcurre: es como si hubieses vivido el hecho
recientemente. ¿Por qué? Porque se congela todo sentimiento asociado. Se hace
difícil que la persona pueda digerir otros elementos que permitan que la
experiencia sea trabajada o procesada. Es decir, que pueda dar paso a esa
experiencia, seguir adelante: “Sí, me pasó esto”. Pero ya no te está generando
malestar psicológico, que es característica de estos eventos, reacciones o
efectos postraumáticos. Por eso te hablo de sucesos impactantes como puede ser
un accidente, el abuso sexual, etcétera. ¿Por qué todo es traumático? Porque
mueve el piso de la seguridad que la persona creía tener.
—¿Qué
sucede cuando una persona no afronta un trauma que le deja secuelas
emocionales?
—Muchas veces
hay una negación emocional del evento traumático: “Esto pasó y no me perturba.
Ya eso no me molesta”. Sin embargo, como hay un hecho, un trauma encapsulado
que no se está trabajando, esa situación puede detonarse en cualquier momento.
Se puede expresar como una crisis. La persona puede experimentar enfermedades,
como depresión, o trastornos como estrés postraumático. Son experiencias tan
disruptivas que la persona no puede responder ante ellas, porque se siente sin
recursos o no los tiene.
Si no hay una
debida atención psicológica, eso va a quedar ahí. Se puede llegar a desarrollar
estos trastornos y también enfermedades somáticas. Muchas enfermedades físicas
pueden venir y son atribuibles a ese malestar psicológico que se ha
experimentado: alteraciones digestivas, como úlceras, gastritis. Al no
procesarlo y enfrentarlo, desde el punto vista psicológico, eso sigue de manera
soterrada. Hace daño de manera inconsciente. Hay dificultades cognitivas que
afectan la manera cómo manejamos la información. Esto se observa en la
imposibilidad de las personas para ordenar los pasos secuenciales de la
situación traumática o para hablar de ella. Es tan perturbadora que ni siquiera
desde el punto de vista cognitivo lo pueden transmitir.
Muchas
personas no logran olvidar el suceso traumático, pero hay otras que no pueden
recordar. Olvidan detalles importantes y los hechos pueden ser difíciles de comprender
o de experimentar emocionalmente. Son olvidos de origen psicológico, lo que se
llama amnesia disociativa. No es atribuible a una lesión cerebral
ni a efectos de alcohol o drogas. La persona no recuerda nada o no recuerda
detalles. Para unas personas es angustioso no poder olvidar el trauma y para
otros no recordarlo.
Además, se
experimenta alteración del sueño o regreso a la situación traumática, lo que se
conoce como flashback. Esos flashbacks tienen
conexiones asociativas que establece la persona que sufrió el evento.
Siboney Pérez
retratada por Alfredo Lasry | RMTF
—¿Qué
piensa usted sobre el estado de la salud mental en Venezuela?
—La salud
mental en Venezuela está en terapia por varias razones. Ya veníamos de una
crisis sostenida producto de muchas cosas, la parte económica, social,
política, educativa, judicial, etcétera. Luego se unieron los años de pandemia.
De hecho, la Organización Mundial de la Salud está diciendo que la salud mental
está afectada en términos globales. Pero imagínate en Venezuela, que ya
veníamos susceptibles en muchísimas cosas, y veníamos perdiendo capacidad de
respuesta.
Así lo vemos
en la clínica y las consultas. Yo pertenezco a Psicólogos Sin Fronteras y
trabajamos en el programa Acompañando en el dolor, el cual llevamos
en conjunto con el Grupo Social CESAP. En estos dos años de pandemia no dejamos
de trabajar atendiendo los casos. No solamente los de duelo por muertes de
covid, sino también problemas producto de la migración. Los cuadros de estrés
postraumático producto del covid, ansiedad, depresión e intentos de suicidio
han aumentado considerablemente en Venezuela. Todo esto, por supuesto, en un
país donde el Estado no tiene una política de salud en términos generales.
Imagínate en términos de salud mental. Aquí en Venezuela son muy pocas las
instituciones que atienden la salud mental.
—En
Venezuela hemos padecido crisis de varios tipos. Son formas diversas de
experimentar la violencia. ¿Cómo nos afecta cuando normalizamos la violencia y
qué consecuencias tiene?
—Aquí tenemos
violencia de todo tipo. Y ocurre que podemos sentir tanto miedo ante diversas
situaciones que la normalización es una forma de procesar esa emoción.
Desarrollamos conductas adaptativas. Eso genera ciertas emociones: rabia,
impotencia, miedo, ansiedad, y dices: “Prefiero racionalizar la situación y
pensar que es normal, que pasa”. Normalizamos la violencia: perdemos esa
capacidad de alerta, de asombro; hemos perdido la capacidad de decir que esto
no está bien.
Llega un
momento en que esas conductas, que de alguna manera nos sirven para la
supervivencia, las descuidamos y entonces nos hacemos, paradójicamente, más
vulnerables que como solíamos estar en un momento dado. Es lo que ha pasado en
muchos países violentos. Por ejemplo, el caso de México con el narcotráfico, y
lo que pasó con los curas jesuitas (el pasado junio mataron a dos jesuitas en Chihuahua. El sospechoso del asesinato fue un
presunto miembro del Cartel de Sinaloa). Se están acostumbrando tanto a esa
cotidianidad que puede estar pasando algo en la calle, un asalto por ejemplo, y
la gente lo está viendo como algo normal. Eso pasa en Venezuela. No se actúa en
pro de que eso que no debiera suceder, no se denuncia. Dicen: “¿Para qué vas a
denunciar si sabes cómo es? Es un trámite engorroso”.
—¿Por qué
se normaliza la violencia?
—Porque las
personas sienten que no lo pueden manejar. Hay que pasar la página, pero
haciéndolo por vías sanas, realmente enfrentándolo y encarándolo. No es meter
el trauma bajo la alfombra. O meter la cabeza en la tierra, como el avestruz.
Eso va a salir en algún momento en forma de crisis o síntomas somáticos.
—¿Y qué
podríamos hacer frente a la normalización de la violencia?
—La cosa es
recordar el hecho, hablarlo, trabajarlo, exponerlo ante personas que puedan
ayudar a trabajarlo. ¿Para qué? Para poder establecer la salud mental de
personas que estén envueltas en hechos traumáticos. El objetivo del tratamiento
va a ser devolver a la persona la confianza en sí misma, la integridad; la
confianza en su entorno y que recupere y esté en capacidad de funcionar física,
mental y socialmente, como lo hacía antes de experimentar el evento que lo
quebrantó. Lo que sí no se debe es naturalizar el trauma.
—¿Cuándo
naturalizamos el trauma?
—Cuando
decimos cosas como: “Es normal que tengas miedo”, “Pareces bobo porque ahora
tienes miedo”, “Eso ya pasó, no significa que te va a volver a pasar”. Ese tipo
de cosas.
—¿Por qué
hay quien reacciona de un modo ante un trauma y gente que reacciona de otra
manera? ¿Qué factores intervienen en la forma en la que asimilamos los traumas?
—Tiene que ver
con las creencias y el significado de buscar ayuda. Creer que se podrá con eso
como se ha podido con otras cosas. “Me da miedo lo que vaya a pensar la otra
persona sobre lo que le voy a contar”. “Me da pena lo que voy a decir”. Muchos
tienen internalizado que pedir ayuda significa ser débil, cuando es lo
contrario: pedir ayuda tiene que ver con coraje, fortaleza, valentía. Porque la
persona reconoce que no es capaz o no tiene los recursos necesarios en este
momento que le permitan abordar solo esa situación. Entonces busca ayuda. Esto
es una conducta protectora de la salud mental.
Tiene que ver
con la historia de vida de la persona que está enfrentando o elaborando el
trauma, con las redes de apoyo posterior al evento que origina el trauma; con
conductas de autopreservación, como evitar eventos parecidos, personas que
extreman el control, estar más alerta a las situaciones confusas. Incluso hay
quienes se entrenan en autodefensa, defensa personal, acuden a psicoterapia;
otros acuden a organizaciones religiosas. Es una forma de tener mecanismos y
conductas adaptativas que permitan seguir adelante.
—¿Qué se
le puede decir a una persona que no quiere recibir ayuda de ningún tipo, q ue no está en capacidad de buscarla, ni de
pagarla, y vive sometido a una violencia constante, pero además podría tener
intención de cometer suicidio?
—Que siempre
hay formas de buscar ayuda, aunque sea gratuita. A través de la Iglesia, grupos
de ayuda, amigos. Lo importante es que en un momento dado hablen y digan lo que
les está pasando. Porque no hablar, callar, es peor: hace que la persona se
sienta más sola, más indefensa. Porque dice: “No tengo a nadie a quien contarle
ni alguien que me ayude”. Ante esa percepción de soledad e indefensión, ¿qué
ven como salida? Quizá acabar con su vida.
Siempre hay
maneras de buscar ayuda: un amigo, un vecino, alguien que pueda ayudar contra
eso que le atormenta, que lo abruma, que le produce ansiedad, que lo sobrepasa,
que no lo deja vivir de manera tranquila. Expresar los sentimientos, que son
legítimos, de rabia, dolor, odio, impotencia, culpa, vergüenza. Si no se habla,
no se puede expresar lo que se tiene bloqueado.
POR Ricardo Barbar
Siboney Pérez retratada por Alfredo Lasry | RMTF
Por Prodavinci
03/08/2022
https://prodavinci.com/siboney-perez-normalizamos-la-violencia-1/


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