Uno se
pregunta qué pasa por la cabeza de los arquitectos de la política exterior del
presidente Donald Trump. Parece como si todos se hubieran tomado su tiempo para
estudiar los libros clásicos de historia sobre las causas de las guerras
mundiales —La guerra que acabó con la paz, de Margaret MacMillan,
o La crisis de los veinte años, de EH Carr— y luego se hubieran
dicho: ahí es exactamente donde queremos llevar al mundo.
Trump, tanto
en su primer mandato como ahora durante los once primeros meses del segundo, ha
dejado claro que el consenso bipartidista posterior a la Guerra Fría —a través
del cual Estados Unidos supervisaba un orden mundial económicamente integrado
regido por leyes comunes que regulaban las relaciones de propiedad, el comercio
y los conflictos— ha dejado de ser útil. En su lugar, la Casa Blanca ofrece una
visión del mundo dividido en esferas de influencia competitivas y guarnecidas.
Este mes, la
Casa Blanca publicó su informe sobre la Estrategia de Seguridad Nacional, que
pretendía codificar esta transición. El informe toca todos los elementos
asociados al nacionalismo agraviado de “Estados Unidos primero”: denuncia el
globalismo, el libre comercio y la ayuda exterior, rechaza la construcción
nacional y pide a los miembros de la OTAN que destinen una mayor parte de su
PIB a gastos de defensa. Estados Unidos, advierte el informe, ya no “asumirá
para siempre cargas globales” que no tengan relación directa con su “interés
nacional”.
El núcleo del
informe es la promesa de “reafirmar y hacer cumplir la doctrina Monroe para
restaurar la preeminencia estadounidense”. En el pasado, los militaristas
invocaban esta postura en gran medida por costumbre, recitando un eslogan
trillado. En este caso, sin embargo, desempeña un papel más importante en la
definición de lo que podría ser un futuro orden mundial basado en la primacía
de Estados Unidos.
Para los no
iniciados, la doctrina Monroe no es ni un tratado ni una ley. Comenzó como una
simple declaración, emitida por el presidente James Monroe en 1823, en la que
reconocía la independencia de las repúblicas hispanoamericanas y advertía a
Europa que el hemisferio occidental estaba fuera del alcance de “futuras
colonizaciones”.
El presidente
James K. Polk, en 1845, fue uno de los primeros en plasmar la declaración por
escrito, invocando la “doctrina de Monroe” en su impulso para
arrebatar California a México antes que los británicos. Polk volvería a citar a Monroe cuando anexó Texas. Los presidentes
posteriores utilizaron la doctrina como una orden policial abierta, autorizando
ocupaciones militares en serie y golpes de estado respaldados por EE. UU. A
finales del siglo XIX, los latinoamericanos tenían una nueva palabra para
describir el intervencionismo estadounidense: monroísmo.
Que el
gobierno de Trump recurra a este viejo adagio diplomático para definir su
filosofía de política exterior tiene sentido. A medida que el orden mundial se
divide en esferas de influencia en competencia, cada potencia regional necesita
tener bajo control sus zonas del interior: Moscú en las antiguas repúblicas
soviéticas, entre otros lugares; Pekín en el mar del Sur de China y más allá.
Y Estados
Unidos en Latinoamérica. “Si estás enfocado en Estados Unidos y en ‘Estados
Unidos primero’, empieza por tu propio hemisferio”, dijo recientemente el secretario de Estado Marco
Rubio. Y el gobierno de Trump lo ha hecho, presidiendo en los últimos meses un
frenesí de actividad, no solo ejecutando a personas en lanchas rápidas,
supuestamente dedicadas al contrabando de drogas, sino también inmiscuyéndose en
la política interna de Brasil, Argentina y Honduras, lanzando amenazas
dispersas contra Colombia y México, amenazando a Cuba y Nicaragua, aumentando
su influencia sobre el Canal de Panamá e incautando un petrolero frente a las
costas de Venezuela. El Pentágono también está llevando a cabo un refuerzo
militar en el Caribe que casi no tiene precedentes en su escala y concentración
de potencia de ataque, aparentemente con el objetivo de efectuar un cambio de
régimen en Venezuela.
Los
nacionalistas de “Estados Unidos primero” han sido durante mucho tiempo los
defensores más acérrimos de la doctrina Monroe. Tras la Primera Guerra Mundial,
los nacionalistas la utilizaron para oponerse a la Liga de Naciones propuesta
por Woodrow Wilson. Henry Cabot Lodge, el poderoso presidente republicano de la
Comisión de Relaciones Exteriores del Senado, advirtió que si uno se unía a la liga, “la doctrina
Monroe desaparecería” y, con ella, la soberanía nacional. Lodge, que se
identificaba como partidario de “Estados Unidos primero”, dijo que se
negaba a
jurar lealtad a la bandera “mestiza” de la liga.
Los senadores
presentaron una resolución que aseguraba que nada en el mandato de la liga
impediría a Estados Unidos utilizar la fuerza militar en Latinoamérica y que la
doctrina Monroe permanecería “totalmente fuera de la jurisdicción de dicha
sociedad de naciones”.
Cediendo a las
presiones, Wilson intentó neutralizar la oposición insertando una cláusula en
la carta de la liga que reafirmaba la “validez” de “la doctrina Monroe”. En vano.
El Senado siguió votando en contra de la adhesión.
Para ese
momento, Estados Unidos perdió su derecho de propiedad sobre la frase. Después
de que el ejército imperial japonés invadiera Manchuria en 1931, Tokio declaró
su propia doctrina Monroe. El Reino Unido invocó una “doctrina Monroe británica” para justificar
la continuidad de su imperio. Y Adolf Hitler respondió a la exigencia de
Franklin Roosevelt de que respetara la soberanía de los vecinos de
Alemania señalando al presidente estadounidense la propia doctrina
Monroe de su nación: “Nosotros los alemanes mantenemos exactamente la misma
doctrina para Europa, o al menos para la región y el interés del gran Reich
alemán”. Mientras el mundo marchaba hacia una segunda guerra global, muchos de
sus beligerantes lo hicieron citando la doctrina Monroe.
La renovación
de la doctrina Monroe por parte de Trump llega en un momento igualmente
precario de la política mundial. Su estrategia de seguridad nacional identifica
a América Latina no como parte de una comunidad común de naciones del Nuevo
Mundo, como lo hizo Monroe en su declaración de 1823, sino como un teatro de
rivalidad global, un lugar de donde extraer recursos, asegurar las cadenas de
productos básicos, establecer baluartes de seguridad nacional, luchar contra
las drogas, limitar la influencia china y acabar con la migración.
“Estados
Unidos”, insiste el informe de la Estrategia de Seguridad Nacional, “debe ser
preeminente en el hemisferio occidental como condición de nuestra seguridad y
prosperidad”, capaz de actuar “donde y cuando” lo necesitemos para asegurar los
intereses estadounidenses. El “Corolario” de Trump a la doctrina Monroe
simplemente significa que Latinoamérica va a quedar cerrada, y los
latinoamericanos excluidos.
Washington no
tiene intención de retirarse de su posición de primacía global. En lugar del ya
desaparecido orden internacional liberal, la Casa Blanca está globalizando
implícitamente la doctrina Monroe, reclamando para Estados Unidos el derecho
a responder unilateralmente a las amenazas percibidas no
solo dentro de su hemisferio sino en cualquier lugar de la Tierra (China
excluida).
Esta
afirmación no es nueva: fue la pieza central de la guerra global contra el
terrorismo. Pero insistir en ella sin rendir cuentas, sin jurisdicción externa,
libre de vinculaciones y obligaciones multilaterales, significa que Estados
Unidos pretende lidiar con el resto del mundo como lo hace con América Latina,
apoderarse, sancionar y matar con impunidad.
En 1919, el
diplomático boliviano Ismael Montes se lamentaba de que el tratado con el cual
se ponía fin formalmente a la Primera Guerra Mundial, al validar una versión
belicosa de la doctrina Monroe, hacía inevitable los conflictos futuros. “La
paz aún no está firmada”, dijo Montes, “y ya se ven las semillas de una nueva
guerra”.
Hoy, el
gobierno de Trump está sembrando las mismas semillas. Su ideal de un mundo
organizado en torno a un equilibrio de poder en múltiples frentes —con Estados
Unidos presionando contra China, presionando contra Rusia, sembrando la
división en Europa, amenazando a Latinoamérica, con todos los países, en todas
partes, buscando una ventaja— significa que muy probablemente habrá más
confrontación y estaremos al filo de la guerra. “Debemos estar preparados”,
como dijo recientemente el secretario general de la OTAN, Mark Rutte, “para la
escala de guerra que soportaron nuestros padres y bisabuelos”.
16 de diciembre de 2025 a las 16:03 E
Credit...Dave Bowers
Por Greg Grandin
Grandin es un profesor de historia en Yale.
Greg Grandin
es profesor de Historia en Yale y autor, más recientemente, de America,
America: A New History of the New World.
https://www.nytimes.com/es/2025/12/16/espanol/opinion/trump-guerra-mundial.html

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