La nueva
mutación del chavismo no pretende movilizar ni enamorar. No promete futuro,
sino continuidad.
Durante la madrugada del sábado 3 de enero, los habitantes de Caracas vieron interrumpido su sueño por una escena inquietante: helicópteros Chinook surcando el cielo, iluminados por el destello de las bombas que caían sobre objetivos militares en distintos puntos de la ciudad. La detención de Nicolás Maduro y Cilia Flores por fuerzas norteamericanas se convirtió, de inmediato, en el hito fundacional de una nueva etapa del bolivarianismo: el chavismo 3.0.
Durante años, el chavismo ha sido descrito como una excentricidad
ideológica, una desviación autoritaria o una revolución fallida. Sin embargo,
esa mirada suele ocultar un rasgo central de su trayectoria: su capacidad de
mutación. Más que un proyecto coherente, el chavismo ha funcionado como un
proceso adaptativo, capaz de alterar su discurso, su forma de gobierno y sus
alianzas internacionales para preservar un objetivo medular: la conservación
del poder.
La llegada de Delcy Rodríguez a la presidencia de la República permite
identificar el inicio de una tercera etapa del chavismo, distinta tanto del
ciclo carismático inaugurado por Hugo Chávez como del período de repliegue
autoritario encabezado por Maduro. Un chavismo 3.0 cuyo núcleo de poder real se
articularía en torno al tándem formado por Delcy y Jorge Rodríguez, y que
expresa un cambio profundo en la racionalidad política del régimen.
El chavismo original fue, ante todo, un fenómeno carismático. Hugo
Chávez construyó un liderazgo sustentado en la épica, la confrontación
ideológica y una narrativa de refundación nacional que giraba casi
exclusivamente en torno a su figura. El “pueblo” no era una abstracción
retórica, sino un sujeto convocado de manera permanente a la movilización y a
la identificación emocional con el líder. La política se escenificaba como drama
histórico y el poder se legitimaba a través de una relación afectiva directa entre
el gobernante y las masas.
En ese esquema, Estados Unidos cumplía una función estructural: la de
enemigo externo necesario para cohesionar al bloque interno. El
antiimperialismo no era solo un recurso discursivo, sino un componente central
del imaginario político que otorgaba sentido a la confrontación y a la
excepcionalidad del proyecto bolivariano.
Ese modelo, sin embargo, contenía un límite. Dependía de la presencia
viva del líder. La sucesión no estaba pensada como una transición
institucional, sino como una prolongación simbólica del carisma. Cuando esa
extensión fracasó, el chavismo entró en una fase distinta.
Con Nicolás Maduro se inaugura un momento diferente. Sin carisma que
heredar, el nuevo liderazgo se sostuvo sobre el aparato estatal y una coalición
de intereses que había prosperado a la sombra del caudillo. Sin la sinergia con
las masas y sin los cuantiosos recursos económicos que caracterizaron al
chavismo originario, la gobernabilidad se aseguró mediante una combinación de
coerción, judicialización de la política y control militar de la vida pública.
En esta etapa, el antiimperialismo perdió densidad ideológica y se
convirtió en una retórica defensiva. La confrontación con Estados Unidos
coexistió con negociaciones discretas, acuerdos parciales y transacciones
funcionales. El estatismo de la primera fase fue sustituido, tímidamente, por
pasos de apertura económica y una dolarización de facto. El discurso de
resistencia ocultaba, en realidad, una lógica de supervivencia. La presencia de
empresas como Chevron en el sector energético es un síntoma elocuente de esa
mutación pragmática.
Las elecciones presidenciales de julio de 2024 ratificaron lo que ya era
evidente: el chavismo se había convertido en una minoría política y electoral.
La reacción de la coalición dominante fue confirmar su voluntad de permanecer
indefinidamente en el poder mediante el uso sistemático del terrorismo de
Estado. Ya no se trataba de seducir ni de convencer, sino de gobernar a través
del miedo.
El ascenso del eje Rodríguez sugiere una tercera mutación. El chavismo
3.0 no pretende movilizar ni enamorar. Tampoco necesita ejercer el terror de
manera visible. Su apuesta es más fría y pragmática: la administración con el
menor costo posible. No busca adhesión, sino funcionamiento. No promete futuro,
sino continuidad.
Si la etapa de Maduro puede entenderse como un período de transición –el
desplazamiento forzado de un momento del chavismo a otro– la fase encabezada
por los Rodríguez anuncia una modificación del núcleo duro de la identidad
bolivariana: el antiimperialismo. La nueva estrategia parece orientada a
mejorar la economía mediante una alianza contranatura con la Casa Blanca, con
la expectativa de estabilizar el país y, eventualmente, competir electoralmente
en algún futuro, quizás el 2030. Estamos ante una versión más ligera del
chavismo, aunque no por ello más democrática.
Estados Unidos ha anunciado un proyecto para Venezuela basado en la
estabilización, la recuperación y, finalmente, la transición. Resulta difícil
creer que la coalición chavista haya llegado hasta aquí –un acuerdo de
supervivencia con su némesis histórica– para aceptar su propia disolución. Más
bien, todo indica que se trata de un reacomodo estratégico. Los Rodríguez,
aunque cuentan con una sólida formación ideológica, han demostrado un notable
pragmatismo y una elevada capacidad de negociación orientada a la
autopreservación del poder.
Dentro de este reordenamiento, el respaldo del estamento militar resulta
clave. Vladimir Padrino López, ministro de Defensa y figura central en la
estructura castrense, ya ha expresado su apoyo a la nueva situación. El sector
encabezado por Diosdado Cabello, con control sobre organismos policiales y de
inteligencia, representa la principal incógnita en este proceso de búsqueda de
un nuevo equilibrio interno.
Jorge Rodríguez, por su parte, ha construido una plataforma de apoyos
que incluye partidos políticos fuera del PSUV, universidades, empresarios y
sectores de la sociedad civil. Es el principal arquitecto de la narrativa
“normalizadora” basada en dos ideas centrales: que el gobierno se ha defendido
de la radicalidad de la oposición y que, sin el chavismo, el país caería en el
caos. Esta última premisa, a juzgar por declaraciones recientes, parece haber
encontrado eco en Washington.
El chavismo 3.0 no representa una
transición democrática ni una superación del autoritarismo previo. Representa,
más bien, su forma madura: un poder sin épica, sin promesas y sin pueblo,
sostenido por la administración técnica del control y por una narrativa de
normalización que busca hacer pasar la excepción por rutina. Si este
experimento logra o no estabilizarse dependerá menos de su capacidad de seducción
que de su habilidad para evitar fisuras internas y administrar las expectativas
externas. Pero incluso si lo logra, lo hará a costa de profundizar una verdad
incómoda: la estabilidad sin democracia no es una solución, sino un
aplazamiento. ~
8 enero 2026
EDICIÓN MÉXICO
N° 325 / Enero
2026
AUTOR
Sociólogo.
Codirector de la ONG Laboratorio de Paz.
https://letraslibres.com/politica/uzcategui-chavismo-3-0-un-poder-sin-epica/

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