El ensayista participó en el encuentro La libertad de Vuelta en México, organizado por esta revista. ‘Deseo y destino’, su libro más reciente, es un análisis del movimiento ‘woke’.
David Rieff (1952) es uno de los ensayistas más originales y perspicaces
de nuestro tiempo. Ha escrito sobre la memoria, el movimiento humanitario y los
conflictos internacionales en obras como Elogio del olvido y Una
cama para una noche. Crítico de las utopías y del optimismo, ha sido editor
y corresponsal de guerra, y es un aguafiestas implacable, culto y políglota. Es
hijo de la escritora y pensadora Susan Sontag –cuya obra ha editado– y del
sociólogo y crítico cultural Philip Rieff; conoce bien varias culturas,
metodologías y países; domina la crónica y el ensayo; como lector y a veces
como escritor muestra cierta predilección por el aforismo. Su libro más
reciente, Deseo y destino (Debate), es un análisis singular y
brillante del movimiento woke. Para Rieff, se trata de una
corriente subjetivista y kitsch, que encaja perfectamente con el capitalismo de
nuestro tiempo y que pone en peligro la cultura por su énfasis en lo particular
y su rechazo a lo universal. Este proyecto “para introducir la diversidad en la
clase dominante” (por decirlo con las palabras de Adolph L. Reed, Jr., que cita
Rieff), ha sido también una herramienta para el avance profesional. Esta
conversación se desarrolló en Ciudad de México. Rieff había ido allí para
participar en el encuentro La Libertad de Vuelta y promocionar
su libro. Llegaba tras pasar varias semanas en Ucrania, donde viaja
constantemente y donde se había dislocado una cadera. Da clases en la
Universidad de Kiev y sigue la guerra de cerca.
Deseo y destino alude a la idea, propia de lo woke, de que puedes ser lo que quieras: la realidad no ofrece ningún límite.
El deseo se impone al destino. Y tú dices: “Bueno, al final eso es un
imposible”.
Un imposible, pero es la fe, la convicción de una gran parte de la
burguesía global: que puedes inventar tu propio destino y que no hay realidad,
sino tu realidad. O, como ellos dicen, tu verdad. No dicen “la verdad”, dicen
“mi verdad”. Y en ese contexto, obviamente, pensar en la política es imposible,
porque vas a confundir tus deseos con lo que se puede hacer. Me parece que una
parte de la incoherencia de la política actual, sobre todo de las lealtades de
la juventud actual, viene de esa falta de realismo.
Lo woke es una justificación moral. Pero también viene
del fracaso de la izquierda clásica. El economista serbio afincado en Nueva
York Branko Milanovic tiene razón cuando habla de un sistema global capitalista
sin competencia importante. La victoria de lo woke es, en
cierto sentido, el resultado inesperado del triunfo global de varias versiones
del capitalismo: la versión autoritaria china, la versión más o menos
socialdemócrata europea, la versión estadounidense… que ahora está, más o
menos, en los tech bros, imagino. Una versión, digamos, de la
derecha de Silicon Valley. Si no hay posibilidad de influir en las condiciones,
si no hay posibilidad de cambiar las realidades económicas y materiales, la
única posibilidad para una persona joven, idealista, es cambiarse a sí misma. Eso explica mucho del
triunfo de lo woke.
A veces hablamos de lo woke y no está claro lo que es. ¿Cómo lo defines?
Hay tres dimensiones. La idea clave, para empezar, es la encarnación de
una subjetividad radical. De ahí el título del libro. Tus deseos van a
determinar tu destino. Ni tu ADN, ni tus circunstancias materiales, ni que seas
feo o guapo: eso no importa. Tienes en ti mismo la posibilidad de determinar tu
identidad y tu futuro. Y, obviamente, puedes cambiar tus identidades y “tus
futuros” (con un plural entre comillas). Es una versión de la subjetividad
radical que empezó con el movimiento freudiano desde finales del siglo XIX.
Solo que ahora se traslada a la política o al menos a la vida social.
Esa subjetividad radical se vincula con un
movimiento identitario.
Yo represento una minoría, una raza, un género, no sé qué. Las ideas
terapéuticas freudianas se focalizaban en cada persona, en el individuo. Ahora
tenemos el mismo “autocentrismo”. Pero este fenómeno se produce con los grupos
y, sobre todo, supone la victoria de una idea: este es el momento en el que
hablan las víctimas. Que sean víctimas auténticas o simplemente que se imaginen
serlo no importa.
Este es el segundo elemento: una idea de reforma moral. En este sentido,
lo woke tiene raíces, por un lado, en los movimientos de
reforma cristianos. Y también, obviamente, en la tradición marxista. Cuando
hablan los woke yo pienso siempre en las frases de la
Revolución cubana: inventar el hombre nuevo, el año cero. Lo woke también
tiene esa idea utópica: la convicción de que puedes cambiar al ser humano.
Por ejemplo, yo me he interesado mucho en el movimiento trans. Es el yo
del movimiento woke. Porque ellos dicen, por ejemplo: “No importa
tu sexo”. O: “Tengo sexo masculino, pero soy una mujer, y tienes que aceptar
eso”. Se lo dicen a las lesbianas: “En términos de mi cuerpo, soy
biológicamente masculino, pero me he declarado lesbiana y entonces debes
cogerme, o al menos debes tener la idea de aceptarme sexualmente”.
La militancia multicultural de los años noventa, en las facultades
estadounidenses o canadienses, decía: “Debes repensar tus privilegios”. Ahora
el movimiento trans dice: “Debes repensar tus gustos sexuales”. Porque si no,
eres tránsfobo.
Es como el año cero en la Revolución Cultural china, pero sin matar a
nadie. Es una revolución cultural light. El pasado no importa: vamos a
borrarlo. Y, obviamente, hablas solamente por tu grupo. Tu grupo sexual, tu
grupo racial, lo que sea. Lo woke no ha inventado nada. Pienso
mucho en la frase del gran político mexicano José Vasconcelos: “Por mi raza
hablará el espíritu”. La frase se ajusta perfectamente al movimiento woke.
Sus defensores creen que solo un miembro del grupo puede entender la historia,
el arte o la psicología del grupo. Estamos ante un rechazo absoluto de la idea
del universalismo occidental.
Ahora que está Trump en el poder, con la
situación y el tratamiento de los migrantes, los efectos en la economía global,
los cambios para la OTAN. ¿No parece lo woke una
amenaza menor?
La razón para seguir fijándonos en ello es sencilla: lo woke es
una amenaza existencial a las humanidades. Unas humanidades sin universalismo
es un imposible. Se ve en antropología, en sociología, etcétera. Ahora parece
que todo consiste en el estudio de uno mismo. Esto es un juicio, no es un
hecho, obviamente. Pero considero que lo woke constituye una
amenaza existencial a la cultura. Obviamente, no amenaza al capitalismo ni a
muchas otras cosas.
Los woke se identifican como revolucionarios o
comunistas o no sé qué. No importa: no van a dañar al capitalismo. Pero sí a la
cultura. Y por eso lo woke va a sobrevivir a Trump. En 50 años
tendremos un problema con lo woke. Esas ideas son muy poderosas,
porque tienen también vínculos con otras ideas, con otros narcisismos en la
cultura.
Tu libro sale justo cuando parece que el
momento woke ha pasado.
Eso es una fantasía de los antiwoke. El problema con Trump
es que ni él ni los militantes antiwoke dentro de MAGA, del
movimiento Trump, del gobierno actual, al igual que figuras como Christopher
Rufo, think tanks como Heritage o el American Enterprise Institute, se
interesan por la cultura. Para ellos su valor es totalmente simbólico. Y
entonces nunca van a poder oponerse a ideas culturales poderosas como lo woke,
que aporta en un sentido esencial ideas sobre la cultura. Lo woke es
un movimiento que repiensa la cultura y la identidad. Aunque fuera reelegido un
candidato republicano a la presidencia estadounidense en 2028, no creo que eso
cambiara. Como escritor o como intelectual, me interesan muchas cosas: la
política internacional, por ejemplo. Pero como crítico cultural me parece que
vamos a tener que enfrentarnos a lo woke en las próximas
décadas.
Has señalado el subjetivismo y el elemento
moral. ¿Cuál es la tercera dimensión del movimiento?
El movimiento wellness, el movimiento del bienestar. El
narcisismo, el ombliguismo, ya existían antes de lo woke en
Estados Unidos: siempre ha sido una fuerza poderosa en ese país, probablemente
en todos los países que mi padre habría llamado posprotestantes.
Es llamativo que esa corriente nacida en
la élite universitaria de países posprotestantes se extendió muy deprisa a
lugares que en teoría no serían culturalmente tan similares.
Eso demuestra la hegemonía de la cultura estadounidense. Por mucho que
se hable del fin del imperio estadounidense o del ascenso de China, que la obra
de Judith Butler sea tan importante en una facultad de Johannesburg, de Madrid
o de Río de Janeiro demuestra una continuidad de la hegemonía estadounidense: a
pesar de todos los cambios, a pesar de China, a pesar de la Unión Europea, a
pesar de los BRICS. Crecen varias culturas populares internacionales, pero
todavía tienes una facultad en Holanda donde están leyendo a Judith Butler o
Wendy Brown. El imperio sigue avanzando, a pesar de que la obra de Butler, en
principio, es una crítica del imperio estadounidense.
Otra idea importante del libro es el
triunfo de la metáfora. Se vuelve más importante que la realidad.
Sí, totalmente. Estamos en un momento histérico en la cultura, sobre
todo, yo creo, en Occidente (e incluyo a América Latina en Occidente). En Asia
y África es más complicado decirlo, pero creo que en Europa y en las Américas
es un momento histórico histérico. La retórica está hinchada. Ante la tragedia
de Gaza mucha gente habla de genocidio, y eso sería hablar de un genocidio
real, de seres humanos. No es una metáfora. Pero hablar de genocidio cultural
sí lo es, y estamos totalmente presos de la metáfora. Mi madre, Susan Sontag,
escribió La enfermedad y sus metáforas y El sida y sus
metáforas: son un argumento contra la metaforización del mundo. Pero creo
que lo woke no ha triunfado por casualidad ni porque la gente
se equivocara. Es ridículo, es como cuando los liberales o el centro izquierda,
ante el triunfo de los populistas, dicen: “El pueblo se equivocó”. No, los
populismos saben tomarse en serio los temores populares actuales. Y lo woke refleja
nuestras ideas sobre la metaforización del mundo. Expresiones como “genocidio
cultural” o que los trans digan que los que niegan la identidad trans,
los gender critical como dicen en Reino Unido, quieren
exterminar a los trans. No lo dicen en términos literales de matar a una
persona; señalan que rechazar una declaración de identidad es una matanza
espiritual.
Has mencionado a tu madre. Pero la
influencia de tu padre, de su libro El triunfo de lo terapéutico y de sus ideas sobre lo traumático son importantes en Deseo y destino.
Tengo 73 años y he escrito sobre cuestiones alejadas de mis padres
brillantes, distinguidos y monstruosos. He trabajado sobre temas que, en
principio, no les interesaban mucho: las guerras, el asunto humanitario, la migración,
la memoria. Ahora espero escribir un libro breve sobre Ucrania y otro sobre
Argentina. Pero creo que el que quizá sea mi último libro importante tratará
sobre el trauma. En el fondo psicológico de lo woke, de la política
identitaria y de las confusiones de la época está la idea del trauma.
Así que, en la última parte de mi vida, me focalizo en temas sobre los
cuales mis padres han escrito mucho. Y, en cierto sentido, este libro, o al
menos mi idea del libro, es una síntesis entre los escritos de mi madre sobre
la metaforización del mundo y el libro de mi padre sobre el triunfo de lo
terapéutico.
Siempre he pensado que mis padres tenían más en común de lo que se
piensa. Mi padre era de derechas, aunque antipopulista. Sus alumnos decían: “El
profesor Rieff no vota porque no hay candidato monárquico”.
No quiero escribir mis memorias ni nada por el estilo. Acabo de leer el
libro de Emmanuel Carrère sobre su madre. Le escribí: “No tengo un cuarto de tu
talento, pero aunque lo tuviera nunca me atrevería a hacer un libro tan bueno,
a poner mi vida en el espejo”. En Un mar de muerte, mi único libro
“autobiográfico”, sobre la muerte de mi madre, hay muchas cosas que no conté.
Pero sí quiero escribir este libro que digo. Se titulará El triunfo de
lo traumático.
Has participado en el encuentro La
Libertad de Vuelta, de Letras Libres, que conmemoraba los treinta años del
Encuentro Vuelta. Y también era un debate sobre el liberalismo: sobre distintas
versiones, sobre su situación en un mundo cada vez más autoritario. Tú has
dicho un par de veces: “Yo no soy liberal”. Me acordaba de la
autocaracterización de Daniel Bell, que se definía como socialdemócrata en
economía, liberal en política y conservador en cultura. ¿Cómo te definirías tú?
Bueno, no estoy tan lejos de Bell. Y Bell es, simbólicamente, la
inspiración de Deseo y destino. Le debo una gran parte de mi
análisis sobre estos temas. Creo que, seguramente, soy conservador en cultura.
Y obviamente este libro es un libro conservador. En términos de política, no sé.
Soy antipopulista, pero no liberal. En términos económicos, no sé qué quiere
decir socialdemócrata en la época de la inteligencia artificial, en esta nueva
época del dominio de los ricos, una especie de neofeudalismo. Que uno se
identifique como socialdemócrata o democristiano en estas condiciones… Estoy
más del lado democristiano que del socialdemócrata, pero es más o menos,
digamos, el centro político. No me interesan los partidos políticos y nunca he
militado. Pero, bueno, digamos que, en España, creo que estaría más o menos a
la derecha del PSOE o a la izquierda del PP.
¿Nunca te has visto como liberal?
Nunca. Para empezar, soy un pesimista cultural y siempre lo he sido. En
el Encuentro alguien preguntó a los participantes en una de las mesas redondas
qué libro pensaban que el público debería leer. Y salieron Karl Popper y John
Locke y todos los dioses liberales en el sentido anglosajón. Si a mí me
hubieran preguntado, habría contestado Cioran o Gómez Dávila. Siempre me ha
convencido más el análisis de la derecha aristócrata que el del liberalismo. Y
yo estaba muy vinculado con Cioran de joven y me influyó mucho.
No puedo ser ni liberal ni izquierdista porque, para ser liberal o
izquierdista, hay que creer en el progreso. Y yo no creo en el progreso. Veo la
historia como la veían los griegos, como un ciclo. En este sentido, hay una
dimensión spengleriana en mi forma de ver las cosas, pero sin su idea de la
decadencia, que me parece carente de interés.
No crees en esa idea de la decadencia.
Para mí es más un esnobismo que una idea. Aunque, obviamente, la derecha
depende mucho de este punto de vista. En este sentido, tampoco puedo
identificarme con la derecha. Pero, como me dijo mi amigo Edgardo Cozarinsky:
“Objetivamente sos de derecha porque no tenés una posición política sino un
antiutopismo vertebral”.
Y es verdad, el “hilo conductor”, entre comillas, de mi obra es el
antiutopismo. Pero no quiero identificarme como alguien de derecha. Yo lo que
digo es que soy un pesimista en el sentido auténtico del pesimismo. La gran
mayoría de los pesimistas son, en realidad, optimistas decepcionados.
El único escritor con el cual conecto en
ese sentido es John Gray. Ocupamos el mismo espacio. Nunca pasaría a la derecha
como hizo Savater en España, o como hizo Mario Vargas Llosa, a quien admiro
infinitamente. La decisión de algunos escritores liberales de mudarse hacia la
derecha oficial es un error. Porque, al hacerlo, estás diciendo: “El enemigo de
mi enemigo es mi amigo”. Y, para mí, el enemigo de mi enemigo sigue siendo mi
enemigo.
18 noviembre 2025
EDICIÓN ESPAÑA
Daniel Gascón (Zaragoza, 1981) es escritor y editor de
Letras Libres. Su libro más reciente es 'El padre de tus hijos' (Literatura
Random House, 2023)

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