En esta entrega #55 de la serie “Apuntes sobre el fotolibro” compartimos el texto del profesor Alejandro Sebastiani Verlezza sobre Karakarakas, del fotógrafo Paolo Gasparini. Fue impreso en Caracas en 2014 por la editorial Mal de Ojo, con textos de Victoria De Stefano y diseño de Ricardo Báez.
Repaso una y otra vez Karakarakas, no sin cierta perplejidad,
casi con una sensación extraña a cuestas, colindante con la pesadumbre
(¿será?), pues veo y constato que Paolo Gasparini ha captado y compuesto(1)
una ciudad que me resulta profundamente familiar y a la vez extraña; visto
bien, quizá esto sea un don y yo ahora no logro captarlo plenamente, pero
apenas puedo decir que cada fotografía y las citas que la acompañan –salmos,
fragmentos periodísticos, artículos de la actual Constitución
(recuérdese: out, out never…), versos, pasajes de obras narrativas,
ensayísticas– ubican lugares muy particulares de Caracas y me hacen recordar
que por ahí “he pasado” –otra forma del esto ha sido– y a su vez me
llevan a preguntarme por todo lo que va cambiando en la ciudad, por todo lo que
en su geografía más íntima permanece (aunque a duras penas), por todo lo que ya
definitivamente se fue y si acaso regresa, por qué no, lo hará bajo
otras formas, acaso inauditas. Este forcejeo anímico que propone Karakarakas me
permite atisbar algo así como la sintomatología profunda del país y su actual
–larguísimo– “momento histórico”: el fotolibro de Gasparini se convierte en una
suerte de instrumento especular que ofrece un intrincado campo de asociaciones
y resonancias, la viva memoria que habla sobre la condición de vivir la
aparatosa, colapsada –¡larga, larga!– “actualidad” de Caracas (y la venezolana por rebote).
Imágenes de Karakarakas (2014), de Paolo Gasparini. ©Archivo Fotografía
Urbana
En una de las reflexiones que acompañan este fotolibro –las otras son del
mismo Gasparini y Sagrario Berti– Victoria de Stefano apunta: “La tajada de
tiempo que atraviesan estas fotos transcurre intermitente y aleatoriamente
entre la mitad de los años cincuenta y el 2014”. Bien, Gasparini consigue
articular esta “tajada” y entrever una secreta morfología entre los fragmentos
que va juntando para propiciar cierta sensación de continuidad histórica, pero
a su vez Karakarakas marca un corte abrupto en las sucesivas
miradas que se le hacen a la fisonomía de la ciudad, pues ha cambiado de
tajo bajo el signo de la feroz expropiación, porque en las últimas
décadas –hechas las ya consabidas retrospectivas– muchos venezolanos podrían
afirmar que han sido rudamente despojados de un espacio –una experiencia, un
tono afectivo– y merodean en el angustioso campo minado del que se sabe en
pérdida, ex de algo (un territorio) y ante un “lugar” (¿los
retazos de la memoria compartida que se expresan en terrenos muy
concretos?). Gasparini, en la trama paralela de textos que conversan con sus
fotografías, cita la ya aludida Constitución, puesta desde hace rato en una
suerte de abismo por una serie de maniobras o bandazos que remiten más al campo
jurídico –y forense– que al estético. Todo esto ocurre en la Caracas física y
está anunciado en la otra, la que se escribe con Ka, Ka de Kafka, como bien lo
recuerda Gasparini, Ka de “proceso” y por analogía de procesión, marcha, marcha
hacia el caos, muy largo, lleno de harturas y esperpentos, entre el crimen y
el pathos de la venganza ejecutada en el ejercicio del despojo
cuando toca su máxima –trágica– teatralidad y da cuenta de cómo se regodea en
sus propias facultades, sobre todo si arremeten con crudeza contra la vida, la
privada y la pública (muy “kara”, por costosa, kafkiana y no
por cara: “querida”).
Karakarakas (2014), de Paolo Gasparini. ©Archivo Fotografía Urbana
Basta pensar en los ecos del monólogo que ha resonado en tantas
consciencias: “¡exprópiese, exprópiese!”. Luego de los aplausos interviene el
coro aprobatorio: “de acuerdo”. Si Karakarakas fuera un
audiovisual, sin duda que en el anterior fragmento podría estar el
atormentante loop de una “Karacas” que desde hace rato parece
más bien una enorme “carraca”. Y no es solo el prócer cosmopolita el que se
asoma en la “escena” sino cualquier venezolano –el de aquí, el de allá, el que
en el camino va y atraviesa las fronteras– con su mal de país a
cuestas (¡qué carga!). Pero en este caso, cada pieza que compone el conjunto
de Karakarakas asoma la imagen del “asfalto-infierno” con sus
interludios de risas inocentes y relajadas, a menos que los “disparos” de la
cámara sean tomados por “notas” y en su preciso ensamblaje tonal devuelvan una
de las tantas imágenes posibles de la historia, la verdadera, la
que se padece, la dictada a golpe y porrazo, al menos ahora. La vía empleada
por Gasparini, dicho por él mismo, para dar con estas resonancias y ecos: contrappunto
dialettico alla mente. Si las inquietudes estéticas se vuelven también
políticas, las páginas se pasan viendo las imágenes, leyendo los textos que la
acompañan y haciendo venir las asociaciones, dándoles espacio y voz, como si
ese ángelus novus –tan caro a Gasparini– que merodea en este
fotolibro anunciara su mensaje luctuoso, el recordatorio de lo que “ha sido”
con la pena de lo que “es”, hoy.
Hay una fotografía de Karakarakas que me remite a las
complejas sensaciones que han movido esta lectura: en la página 100 aparece la
entrada de una funeraria, su fachada, los números de teléfono, la puerta
entreabierta deja ver el fragmento del ataúd y un señor recogido sobre sí mismo
(la variante local de “Melancolía I”, el grabado de Durero). Sobre él hay un
cuadro (negro, nada se ve). La inscripción de la foto dice: “Avenida
Urdaneta–Santa Capilla. 1967/1970”. Más abajo, para rematar, viene esta cita.
La transcribo entera (¡hay que ver la rendija por donde se coló el “ángelus”!):
«”Venimos a destruir, me dijo Hugo Chávez 36 veces en las conversaciones
mantenidas entre 1994 y 1998” […] Las revoluciones no dialogan, solo destruyen.
No armonizan sino que polarizan. En este sentido, Chávez no engañó a nadie.
Prometió pulverizar el viejo Estado, a la vieja dirigencia, pero nadie le
creyó. El vengador de la cuarta república contó con el aval de adecos y
copeyanos, y la complicidad de las fuerzas constituidas. La Corte Suprema de
Justicia, al decretar el 19 de enero de 1999 la procedencia de convocar una
constituyente porque estaba por encima del orden legal vigente, derogó la
Constitución de 1961 y le abrió los caminos al proyecto de destrucción».
Agustín Blanco Muñoz, «Las revoluciones no dialogan, solo destruyen», En
El foro del domingo. Entrevista de Hernán Lugo-Galicia. El Nacional,
Nación. 3,6 de julio de 2014.
Karakarakas (2014: página 100), de Paolo Gasparini. ©Archivo Fotografía
Urbana
¿Por qué la ciudad expropiada? Porque la vida diaria se desarma
imparablemente y avanza ya mismo una inmensa cirugía de la memoria que la
imaginación intenta frenar, porque los números no dan, porque cada avance del
poder –“de lado y lado”, se oye a veces el triste subterfugio– pareciera
responder al grito de guerra aquel –“¡exprópiese!”– y desde el más allá el
hombre como que no ha dejado de apuntar con su Kalashnikov
(“¡kas, kas, rakakarakas!”, “¡rakakakakas, kas!”), porque los insistentes
elogios de la pobreza –aquello de la patria rejuntada con el viejo socialismo y
La Innombrable– van creando cada vez más un país de humillados y “asomados”
(“¡kas, kas, rakakas!”).
Ps: y a pesar de todo, en
algún recóndito lugar de la “cara” Karakarakas sigue escondida
la imagen de la Avenida Urdaneta de 1968, forrada de pancartas, banderines,
pendones y propagandas de diversos partidos políticos; en medio de aquel
carnaval electoral, un hombre –solitario, de pie– parece encaminarse hacia el
cartel que dice: “viene el cambio” (¿pero cuál?).
Imágenes de Karakarakas (2014), de Paolo Gasparini. ©Archivo Fotografía Urbana
***
NOTAS
- Vale considerar la reflexión
que hace Juan Antonio Molina en el prólogo de La verdadera historia de
Paolo Gasparini (La Cueva, 2017). El escritor rescata un fragmento de la
contracubierta de Un paese. Portrait of an Italian Village –con fotos de
Paul Strand y textos de Cesare Zavattini– que dice así (se trata del año
1955): “…con este volumen (…) se inicia un nuevo tipo de libro, nacido del
encuentro con el cine, una síntesis de libro y filme, que se propone
representar en páginas fotográficas y testimonios escritos la experiencia
de ese nuevo contacto con la realidad, conquistado por el arte
cinematográfico, particularmente el italiano”.
POR Alejandro Sebastiani Verlezza
Por Prodavinci
25/08/2020
Foto principal: Karakarakas (2014), de Paolo Gasparini. ©Archivo Fotografía Urbana







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