Una mirada desde la psicología con perspectiva de género.
Introducción
El presente escrito tiene como objetivo,
a partir de una construcción dialógica con los aportes de Ana María Fernández
en su influyente obra La mujer de la ilusión (1993),
interpelar la operatoria subjetiva de los mitos en torno a las feminidades. En
este sentido, nos proponemos analizar los modos en que dichos mitos obturan la
posibilidad de elección singular mientras que construyen una ficción donde las
feminidades consideran estar guiándose por sus propias elecciones, que son en
realidad, mandatos, disfrazados de deseos. Propiciar condiciones de posibilidad
que permitan vidas autónomas e historias singulares tendría como andamiaje la
ruptura de la asociación del ser mujeres con
los roles de sumisión, las anatomías como destino (Freud, 1912), la pasividad e
infantilización como características valoradas y la maternidad como rol
fundamental. Es por lo expuesto que entendemos la tarea de visibilización de
procesos históricos y sociales como la acción que permite interrogar los roles
estancos y los mandatos impuestos.
Nos proponemos analizar los modos en que dichos mitos obturan la
posibilidad de elección singular mientras que construyen una ficción donde las
feminidades consideran estar guiándose por sus propias elecciones, que son en
realidad, mandatos, disfrazados de deseos
Para adentrarnos en el tema propuesto,
nos servimos del concepto de imaginario social acuñado por Cornelius
Castoriadis (1983), quien lo define como un universo de significaciones que
instituyen una sociedad, y que podría ligarse a la noción de poder. Dichas
significaciones, son construidas por medio de discursos socio-históricos donde
los mitos tienen el rol de organizadores de sentido dado que son los mecanismos
mediante los cuales las sociedades catectizani el mundo y las vidas como los
pensamientos, sentimientos y deseos de sus habitantes (Fernández, 1993).
Podemos entonces considerar a los mitos como dispositivos de poder (Fernández,
1993) que disciplinan mediante la construcción de explicaciones incuestionables
en relación al origen, entre otras cosas, de prácticas, roles y acciones, pero
también de aquello permitido y prohibido para determinadas identidades.
Actualmente, los mitos circulan discursivamente desde diversos sectores
de poder como la ciencia, los medios de comunicación y diversas instituciones
Cabe destacar que principalmente a
partir del surgimiento de la modernidadii iii, período que
podemos ubicar en Europa y marcado por hechos como la Inquisición, un capítulo
oscuro en la historia de la humanidad con una profunda persecución en especial
hacia mujeres, fundamentalmente aquellas que se salían de los roles
tradicionales asignados por la sociedad patriarcal (Federici, 2010)ivv, la configuración de los mitos cobra un sentido que trasciende hasta la
actualidad (Fernández, 1993). Dicho contexto histórico, permitió reforzar la
subordinación de las mujeres en la sociedad a partir de la idea de las imágenes
femeninas como débiles y pecadoras, lo que se utilizó (y se utiliza hasta la
actualidad) para justificar la violencia y la represión contra ellas (Federici,
2010).
Actualmente, los mitos circulan
discursivamente desde diversos sectores de poder como la ciencia, los medios de
comunicación y diversas instituciones; y a su vez son encarnados y repetidos
por sujetesvi en cada sociedad. Asimismo, encontramos también líneas de fuga
(Deleuze y Guattari, 1980) rupturas de esos mitos y mandatos. Estos procesos no
son sin consecuencias, las cuales sistematizaremos en cuatro posibles destinos
para quienes rompen con los mandatos establecidos: demonización,
patologización, criminalización e invisibilización.
En 1993, Ana María Fernández publica el
libro La mujer de la ilusión donde, entre otros temas
fundamentales para los estudios de género desde el campo de la subjetividad,
desarrolla los principales mitos que giran en torno a las feminidades: Mujer =
Madre, Pasividad erótica y Amor Romántico (Fernández, 1993) A partir del
surgimiento de la modernidad, las sociedades occidentales consideran la
identidad femenina en base a dichos mitos con el consecuente efecto en la
estructuración de las subjetividades. Tomando las conceptualizaciones
expuestas, desarrollaremos cada uno de los mitos mencionados a través de la
intersección entre una revisión bibliográfica, la elucidación crítica entendida
como una interrogación reflexiva sobre aquello que las personas hacemos,
pensamos y damos por sentado como saber válido y natural (Castoriadis, 2007 en
Fernández, 1993) y la experiencia de la psicología clínica, que desarrollaremos
cada uno de los mitos mencionados, para pesquisar los modos en que operan en
las subjetividades actuales y las maneras en que moldea las expectativas
personales, las relaciones interpersonales y el aspecto emocional.
Mito Mujer = Madre
El mito que plantea la maternidad como
requisito indispensable para la consagración de la identidad femenina ha
perdurado a lo largo del tiempo configurando no sólo un imperativo cultural,
sino también social y político. Este mito se articula sobre la premisa de que
una "verdadera mujer" debe ser madre, lo que implica que la
maternidad se convierte en un requisito esencial para la plena realización de
la feminidad (Fernández, 1993). A menudo, la maternidad es conceptualizada como
un proceso que debe incluir: la concepción por amor, la gestación, el parto y
la crianza, en una relación casi mística e idílica entre madre e hije.
Denominaremos a esta visión idealizada de la maternidad, que coloca a la madre
como el centro del afecto y cuidado, como maternidad
hegemónica, un modelo culturalmente dominante de lo que significa
ser madre y mujer.
Contexto Histórico
Uno de los hechos históricos que marcan el surgimiento de la modernidad
fue la denominada Revolución industrial. Previamente, las familias eran
generalmente extendidas y se caracterizaban por una estructura de trabajo en
común, particularmente en los sectores populares, donde les hijes cumplían
funciones económicas dentro de la unidad doméstica (Schmukler, 1982). En las
clases altas europeas, el cuidado infantil estaba a cargo de nodrizas o
criadas, mientras que les niñes pasaban una parte significativa de su vida en
instituciones educativas. A su vez, comunidades como las indoamericanas también
desarrollaban prácticas (las cuales se mantienen hasta la actualidad en muchos
casos) de crianza colectiva, donde las niñeces son consideradas hijes de la
comunidad.
En 1651, el descubrimiento de la función
del óvulo en la fecundación por parte de William Harvey significó un hito
importante en la valorización de las mujeres cisgénerovii (CG) en el proceso reproductivo (Fernández, 1993). Este
descubrimiento, combinado con la exaltación de la figura de la Virgen María,
contribuyó a la sacralización de la maternidad (Fernández, 1993). La relación
entre maternidad, feminidad CG y vida comenzó a ser establecida como una
constante normativa que reforzaba el control social y político sobre los
cuerpos cis femeninos, especialmente en el contexto de las políticas reproductivas
de la época.
Con la Revolución Industrial y consecuente migración del campo a las
ciudades, se consolidó el modelo de familia nuclear, donde la división sexual
del trabajo relegó a las mujeres CG al ámbito doméstico mientras los hombres CG
se dedicaban al mundo público y productivo (Fernández, 1993). Este modelo
impuso una visión de las mujeres CG como reinas del hogar, encargadas de la
crianza y el cuidado, justificados en falacias biologicistas, naturalistas y
esencialistas (Fernández, 1993), mientras que los varones CG, al participar en
la esfera pública, lograban un valor social superior (Tajer, 2009 y 2021).
El Mito mujer=madre en la
Actualidad
La idea de que la maternidad como paso obligado para convertirse en una
verdadera mujer invisibiliza y excluye a aquellas personas que no pueden o no
desean gestar
En la sociedad contemporánea, el
mito mujer=madre como destino inherente a las mujeres
CG se perpetúa a través de los medios de comunicación que presentan a las mamás
modernas como sujetas que, aunque agotadas, consiguen equilibrar una vida llena
de logros personales y profesionales con la crianza perfecta. En este contexto,
la maternidad sigue siendo vista como un mandato cultural fuerte, cuya
afirmación es celebrada y cuya negativa es cuestionada.
A nivel social, persiste la expectativa de que las mujeres se sometan al
proceso reproductivo sin importar si desean o no cumplir con este rol. La
maternidad y la feminidad se siguen asociando como sinónimos de crianza y
cuidado, y cualquier desviación de esta línea, como el rechazo de la maternidad
o la decisión de no tener hijes, es en muchos casos cuestionada, patologizada o
ignorada.
La Exclusión de las
diversas formas de gestar y alojar
El mito mujer=madre también
excluye a aquellas personas que, sin cumplir con los requisitos biológicos de
gestación y parto, ejercen la maternidad. Ejemplos de ello incluyen a mujeres
transgéneroviii, como Mariela Muñoz, quien crió a 17 hijos sin haber gestado ni parido
ninguno, desafiando la concepción tradicional de que la maternidad está
vinculada exclusivamente a la capacidad biológica de dar a luz (Stefano, 2024).
Otro ejemplo de esto son las maternidades por adopción.
Además, la idea de que la maternidad como paso obligado para convertirse
en una verdadera mujer invisibiliza y excluye a aquellas personas que no pueden
o no desean gestar, por ejemplo, mujeres cisgénero que producto de una
histerectomía no tienen útero, quienes por diversos motivos no tienen procesos
ovulatorios o las que deciden no ser madres. La exclusión de estas identidades
plantea importantes cuestiones sobre la normativa social y cultural de lo que
constituye ser mujer. Mientras que desjerarquiza maternidades no hegemónicas o
mujeres que no ejercen la maternidad.
A su vez, esta mirada excluye de las acciones de gestación, parto y
crianza por parte de quienes sin ser mujeres cis género, si cuentan con dicha
posibilidad biológica, por ejemplo, personas intersexuales, personas no
binarias y masculinidades transgénero.
La Trascendencia del Mito
El mito mujer=madre y
su lectura como mandato comprende implicaciones subjetivas. Socialmente se
exige que las mujeres CG, por este simple hecho, adopten roles de cuidado y
crianza, mientras se considera que quienes no tienen esta identidad
sexo-genérica no pueden desarrollar óptimamente esta capacidad, pudiendo cuidar
o criar sólo como segunda opción ante la ausencia de mujeres CG. En muchas
ocasiones, esta falacia funciona como argumento que desliga de las tareas de
cuidados a las masculinidades hegemónicas mientras que genera un agotamiento
tanto físico como mental a mujeres CG.
Este fenómeno crea una contradicción, dado que la maternidad es vista como el cumplimiento de un destino cis-femenino, mientras que las tareas asociadas con el cuidado y la crianza son desvalorizadas y descalificadas, pero al mismo tiempo monitoreadas por la sociedad. Lo que produce un choque en los psiquismos de quienes se ven obligadas a cumplir con estos roles, podemos considerar aquí el efecto panóptico (Foucault, 1975) que implica la sensación de ser vigiladas socialmente en presencia o ausencia real de las miradas externas, mientras construye un deber ser permanente, que lleva al agotamiento, hipervigilancia y sensación de frustración en tanto alcanzar el modelo ideal e irreal de maternidad.
Uno de los aspectos más relevantes de la
trascendencia de este mito comprende la maternalización de los vínculos
en general. Esto implica que la sociedad tiende a estructurar las
relaciones afectivas, ya sean de pareja, familiares o amistosas, bajo el marco
de los cuidados y la atención a las necesidades emocionales, una característica
tradicionalmente asociada a la maternidad (Fernández, 1993). Este fenómeno
genera la expectativa de que las mujeres sean quienes proporcionen el cuidado
emocional en sus relaciones. De este modo, se ven sometidas a la presión de
cumplir con un rol maternal en todos sus vínculos, aún en espacios laborales
y/o profesionales.
A partir de los modos en que son
subjetivadas (Tajer, 2020), muchas mujeres internalizan la maternalización de
los vínculos en general, lo que se traduce en presiones psicológicas tanto
externas como autoimpuestas para cumplir con las expectativas de lo que
significa ser mujer. Según el ideal social La
madre no es solo quien cría a los hijos, sino también la
persona que cuida, escucha, apoya, mientras que decodifica las necesidades de
los demás y las coloca por encima de las propias. Este mandato afecta a quienes
eligen criar y a aquellas que deben, en sus roles de pareja o amigas, asumir el
cuidado emocional en sus vínculos, responsabilizándose de la carga del
bienestar de los demás seres (incluidas otras especies que forman parte del
grupo familiar) a costa de su propio bienestar. Este fenómeno no es exclusivo
de las mujeres CG, sino que también afecta a las mujeres trans, quienes a
menudo se encuentran con la presión de cumplir con los mismos estándares de
cuidado y dedicación emocional.
En esta línea, la noción de maternidad se ha transformado en una forma
de control social que va más allá de la biología, englobando diversas
expectativas que presionan a las mujeres a adherir a un modelo normativo que
implica un sacrificio constante, limita o posterga las posibilidades de
autonomía y de desarrollo de proyectos personales y profesionales, creando una
sensación de incompletitud permanente por no cumplir con las expectativas
sociales o las propias.
Esta exigencia de cumplir simultáneamente con diversos mandatos
configura lo que fue denominado como el “síndrome de la supermujer”, una
exigencia que lleva a intentar sostenerlo todo sin límites ni reconocimiento,
generando malestar y culpa cuando los ideales imposibles no pueden alcanzarse
(Ares, 2000, como se citó en Lo Russo, 2022). La merma de estos ideales se
puede encontrar en una distribución equitativa de las tareas, a partir de la
reformulación de las expectativas sociales junto a la implementación de
políticas públicas que garanticen el acceso a cuidados equitativos para el
conjunto de la sociedad. Es menester considerar los aportes de Razavi (2007) en
relación a los cuidados entendidos como un diamante en que cada vértice
representa a una institución que debe implicarse en estos (Familia, Sector sin
fines de lucro, sector público y sector privado), la autora advierte que ante
el retiro de alguna de estos actores, los cuidados se redistribuyen de manera
inequitativa en el resto, recayendo generalmente sobre las feminidades de las
familias, quienes absorben los cuidados no garantizados en otras áreas. La
deconstrucción del mito mujer=madre como destino único para las mujeres
requiere promover una cultura de cuidado que no se sustente exclusivamente en
los roles de género tradicionales, sino que se entienda como una opción válida
para todas las personas, independientemente de su biología, identidad de género
o deseos reproductivos.
Pasividad Erótica
El mito de la pasividad
erótica opera en múltiples niveles de la subjetividad. Ana
María Fernández (1993) señala que un erotismo que estereotipa los roles de
actividad y pasividad entre hombres CG y mujeres CG respectivamente requiere de
mujeres que dependan de la iniciativa masculina para experimentar placer. Bajo
el sistema patriarcal, el modelo cultural dominante se sostiene en la idea de
la masculinidad hegemónica, estructurada a partir de una lógica pene-céntrica
que organiza la sexualidad en torno a la penetración y al control de la
sexualidad femenina (Fernández, 1993). Desde discursos basados en la
cisheteronorma, este modelo invisibiliza la diversidad de anatomías e
identitarias, como así también los múltiples modos de encuentro sexual y las
diversas formas de búsqueda de placer, produciendo una expropiación de los
cuerpos feminizados. Así, la experiencia erótica queda subordinada a un saber
atribuido a lo masculino, reforzando relaciones de poder que inscriben a las
feminidades en posiciones de pasividad, dependencia y silenciamiento del deseo.
Asimismo, la noción de lo erótico no refiere únicamente a lo sexual.
Según la perspectiva psicoanalítica, la pulsión de vida o eros, como lo
denomina Freud, se extiende mucho más allá del ámbito de lo genital y lo
sexual. El eros incluye todos aquellos impulsos y conductas que orientan al
individuo hacia la supervivencia, mientras integran el placer y contribuyen a
una sensación de bienestar (Castro Arbeláez, 2019). Esta concepción amplia del
eros permite entender cómo los impulsos que motivan nuestras relaciones,
emociones y deseos están profundamente entrelazados con las estructuras
simbólicas que nos han sido impuestas, como es el caso de la pasividad erótica.
Así, este mito no solo conforma las expectativas sociales en torno a las
mujeres y sus cuerpos, sino que también tiene efectos en los modos de vivir, de
sentir el placer y las relaciones interpersonales.
Entonces, la premisa que históricamente ha situado a las mujeres como
receptoras pasivas del deseo ajeno, trasciende las esferas de lo puramente
sexual, proyectándose sobre las dinámicas interpersonales y las relaciones de
poder más amplias. Por lo tanto, es necesario indagar cómo el mito de la
pasividad erótica se traduce en una experiencia subjetiva concreta que parte de
la representación simbólica, encarnada en las mujeres como figuras de sumisión
o espera, que se refleja en las prácticas sociales, en la construcción de la
intimidad y en las relaciones afectivas.
Contexto Histórico
A partir de la modernidad y particularmente para sostener el modelo de
familia nuclear, monogámica y tradicional, podemos encontrar más marcadamente
la división sexo-genérica de los mundos público y privado y la asignación de
roles fuera y dentro del hogar, donde se ha relegado a las mujeres a la función
de cuidadoras y reproductoras en el mundo privado sentimentalismo (Fernández,
1993). El discurso sobre la pasividad femenina y la actividad masculina se
justifica históricamente a través de argumentos de tipo divino, biológico o psíquico,
según el contexto social y cultural vigente (Fernández, 1993). En este sentido,
se aprende a "ser de sí" o "ser de otro", en función del
género asignado. En esta línea habitar la feminidad, se asocia a "ser de
otro".
A partir de la necesidad de legitimación
biológica de la descendencia, podemos visibilizar un proceso de histerectomía
simbólica, donde a partir del control de la natalidad y la
gestación, por ende, las funciones de los úteros, estos pasan a ser bienes de
control estatal, religioso y/o masculino, con la consecuente vigilancia sobre
la sexualidad femenina. Tras la inquisición y la aniquilación de movimientos
que desafiaban las normas sexuales tradicionalesix, se construye discursivamente la figura de la
buena mujer, la cual podemos definir principalmente como madre,
tranquila, ubicada en el mundo privado, pasiva y con una sexualidad que no le
pertenece, sino que es controlada por el varón que la representa en el mundo
público y controla sus bienes económicos, sexuales y simbólicos. Se construye
así una división taxativa entre "buenas mujeres", encargadas de la
reproducción legítima, y las "malas mujeres", hipersexualizadas,
fuera del marco del matrimonio y la monogamia (Freud, 1912). Un dato histórico
que expresa estas ideas es el subsidio por parte del Estado a prostíbulos a
partir de la modernidad, espacios donde los varones de todas las clases
sociales podían satisfacer sus deseos sexuales, consolidando una cofradía
masculina que trascendía las diferencias socioeconómicas (Federici, 2004).
En ambas configuraciones, buenas y malas
mujeres, la sexualidad femenina está subordinada a las necesidades y deseos
masculinos, siempre en un marco cisheteronormativo y patriarcal. Este modelo no
sólo invisibiliza las diversas formas en que las mujeres pueden experimentar la
sexualidad, sino también las infinitas anatomías, deseos y sentires que existen
más allá de las normas impuestas. A su vez, refuerza la idea anatomicistaxxi de que las mujeres deben portar una vaginaxii, mientras que los varones CG, con sus penes como símbolos de poder y
control, son quienes utilizan el cuerpo femenino como receptáculo (Fernández,
1993). Las feminidades con pene, por lo tanto, se presentan como una amenaza a
esta norma que asocia anatomías a roles, ya que desafían la concepción de las
mujeres como pasivas. La respuesta social, en este caso, es propiciar la
ignorancia sobre los cuerpos y deseos de las mujeres, y juzgar o castigar
cualquier manifestación que contradiga la pasividad que les es asignada.
La Trascendencia del Mito:
La Pasividad Erótica
Cuando realizamos un recorrido crítico
sobre la historia de la humanidad, encontramos la permanencia de mecanismos de
invisibilización de la participación de las mujeres en momentos y lugares
trascendentales. a partir de los aportes de Marianela Tobar Nuñez (2010)
comprendemos cómo estos mecanismos parten de la historiografía androcéntrica
dominante. Desde la mirada aportada por las historiadoras feministas,
encontramos que las mujeres han sido en muchas ocasiones borradas de la
historia con diversos mecanismos, por ejemplo, el disciplinamiento, las
sanciones, castigos o simplemente mediante evitar mencionar su presencia en
hechos trascendentales para la historia mundial. Denominaremos a dicho
mecanismos como Pasivización social.
La pasivización social nos permite comprender las dificultades de muchas
mujeres para considerarse capaces de desarrollo personal y/o profesional. En
esta línea, consideramos que el síndrome de la impostora no es más que el
efecto de la falta de referencias tanto en la historia extendida como en el
entorno más cercano de cada mujer, la falta de referencia provoca la
imposibilidad de inserción en una línea histórica donde se toma la posta de
quienes estuvieron antes en ese recorrido y se construye un legado para las
generaciones venideras.
En este sentido, podemos comprender que,
el mito de la pasividad erótica no solo se mantiene vigente en las dinámicas de
la intimidad sexual y el deseo. Trasciende además en múltiples formas en las
que se articulan las relaciones de poder y las expectativas sociales, como así
también la manera en que se relacionan con su entorno tanto profesional como
social. Podemos encontrarla vinculada a la idea de que las mujeres deben ser
pasivas en la vida en general, imperceptibles, delgadas, pequeñas, discretas, y
ocupar poco espacio, tanto física como simbólicamente, apareciendo en escena
solo para prestar servicio a quienes detentan el poder. Esta construcción
cultural de la feminidad como pasividad opera subjetivamente y se expresa
mediante sentimiento de incapacidad y miedo, impidiendo muchas veces a las
mujeres ocupar espacios de poder, expresar sus deseos y ejercer autonomía en
sus decisiones. al no estar socialmente habilitadas para actuar fuera de los
roles tradicionales se ven limitadas en su capacidad para ser agentes de
cambio, tanto en la esfera privada como pública. En este sentido, podemos
encontrar cuestiones subjetivas que pasivizan los accionares de las mujeres
como así también límites sociales como los techos (Burin, 2004 y 2011 en Lo
Russo, 2022), paredes, laberintos y acantilados de cristal, y suelo pegajoso,
escalones rotos, conjunto conceptual que denominaremos como desigualaciones
de cristalxiii. A partir del recorrido podemos comprender a la pasividad erótica como
una construcción social que opera en la subjetividad de las mujeres,
reduciéndolas al lugar de objetos imperceptibles con fines funcionales al
servicio de las masculinidades hegemónicas.
Mito del Amor Romántico
El amor
romántico ha sido concebido, desde la modernidad, como un
imperativo social que define cómo deben configurarse las relaciones afectivas,
asociándose estrechamente con la idea de emparejarse
para siempre. De este modo, se naturaliza la creencia que
plantea al amor verdadero como eterno, incondicional y exclusivo (Herrera,
2018). Estas características atribuidas al “verdadero amor”, se traducen en
expectativas y presiones sobre todo hacia las feminidades, considerando
imperativa la entrega sin reservas a estas modalidades vinculares (Tajer, 2009
y 2020). De esta manera, el amor romántico no sólo se erige como la modalidad
afectiva preferencial, sino que también se convierte en un mecanismo de
disciplinamiento de los cuerpos y deseos femeninos, al asociarse con valores de
sacrificio, entrega y subordinación.
El amor romántico, como uno de los pilares de los mitos de las
feminidades, promueve una visión de un único tipo de amor que funciona como
salvataje de la humanidad, otorgándole sentido, estructura y promesa de
completud.
Como plantea Débora Tajer (2009 y 2020) las mujeres CG con prevalencia
en un modo de subjetivación tradicional, son socializadas desde temprana edad
para ser elegidas por varones CG que representen su acceso a los recursos
económicos, simbólicos, identitarios y emocionales necesarios para conformar
una familia tradicional (padre, madre e hijes).
En este modelo, el trabajo doméstico y de cuidado es considerado no sólo
como parte de una vocación natural femenina, sino como un acto de amor
incondicional que no requiere retribución económica. Este fenómeno contribuye a
la invisibilización de las tareas de cuidado y a su desvalorización
sistemática. El amor romántico no sólo configura una estructura afectiva
idealizada, sino que también actúa como un dispositivo de poder que produce y
reproduce desigualdades. En la medida en que se posiciona como el centro de la
vida afectiva, se naturaliza la subordinación femenina en la esfera doméstica,
por medio de sacrificios y resignaciones a su vez asociados con la “esencia
femenina”. En este sentido, el amor romántico se presenta como la justificación
perfecta para la postergación de los deseos y proyectos personales de las
mujeres.
El amor romántico en la
base de las violencias por motivos de género
Este mandato amoroso, se encuentra en la raíz de las violencias por
motivos de género. El ciclo de violencia (Walker, 1979) se articula dentro de
una lógica que comienza con la acumulación de tensión, seguida de un estallido
de violencia y culmina en una etapa de "luna de miel" en la cual el
agresor expresa arrepentimiento. En este último momento se reafirma el pacto
romántico sostenido en máximas como "el amor todo lo puede" y el
ciclo vuelve a repetirse. A su vez, esta fase de reconciliación funciona como
un mecanismo de amnesia que diluye las situaciones de abuso, permitiendo que
las mujeres víctimas de violencia continúen justificando el sufrimiento a
través de los ideales del amor romántico.
En este sentido, el amor romántico se
convierte en un dispositivo que legitima las violencias, dado que se presenta
como un acuerdo tácito que habilita los abusos bajo la premisa de la
incompletud que se resuelve sólo en la unión de las partes (Speranza y Costa,
2025). La estructura jerárquica inherente al amor romántico que asume la
feminidad como completa sólo en la dependencia de un varón, contribuye a la
normalización de las violencias por motivos de género. Se destaca que los mitos
previamente desarrollados, dan estructura al vínculo, dado que la pasividad ancla,
a quien atraviesa la situación de violencia, en una posición de perplejidad,
inacción y silencio. Mientras el mito mujer=madre y
la trascendencia mediante la cual se materializan los vínculos en general,
ubica a las feminidades en posición de justificación y cuidados hacia el
agresor, con discursos que remiten a “conmigo va a ser distinto”,
“con mi amor va a cambiar”, similares a los que circulan en
los roles de maternidad hegemónica. Operan factores tales como
vínculo=completud, junto con falacias patriarcales como “no
tener pareja es estar sola”, la afirmación de que “el
amor todo lo puede” y la postergación como mandato.
La mirada patriarcal sobre el amor
romántico como fundamental y prioritario, a su vez caracteriza la agresión como
inherente a los vínculos amorosos asociando el amor con el sufrimiento; lo que
construye la justificación amorosa para
las inequidades y violencias. Mecanismos que, junto a los mandatos hacia las
masculinidades, justifican las prácticas violentas hacia las mujeres como modo
de vinculación.
Es importante señalar que las dinámicas del amor romántico afectan de
manera diferenciada a las mujeres cis, pero también se extienden a otras
personas que se encuentran fuera de la masculinidad y la heterosexualidad
normativa. Como señala Williams Sequeira Peres (2013), las personas que no encajan
en los moldes cis-heteronormativos deben vivir sus amores en secreto, ya que
solo el amor heterosexual es permitido y validado en el ámbito público. Así, el
mito del amor romántico refuerza las normativas que excluyen, invisibilizan y
patologizan formas de amor y de vinculación sexo-afectiva que no se adecuan a
las prácticas cisherotero patriarcales y/o monógamas.
La trascendencia del mito:
Amor romántico
El amor romántico se inserta de manera
transversal en la cotidianeidad, encontramos en las feminidades una tendencia a
internalizar como un elemento que contribuye a la idealización generalizada de
la vida, lo que a su vez podemos considerar un mecanismo de defensaxiv (Freud, 1924). Esta operatoria subjetiva se traduce en que las
feminidades tienden a romantizar la vida en su conjunto, lo que conlleva una desatención
de las inequidades, des jerarquizaciones y violencias estructurales. A menudo,
se sostiene la creencia de que el amor tiene la capacidad de transformar, sanar
y justificar todo, lo que configura una visión omnipotente del amor femenino.
Dicha concepción impone un mandato según el cual, las acciones
realizadas por amor, no deben resultar agotadoras ni demandar esfuerzo, sino
que se presentan como inherentes a lo que se considera “la esencia
femenina". De esta manera, proveer amor a demanda, asociado a la
feminidad, contribuye a mantener a las mujeres ancladas en el ámbito privado
donde se les asigna el rol de proveedoras primarias de cuidados y afectividad.
Paralelamente, esta forma de vinculación desacredita y marginaliza otras formas
de amor, tales como los vínculos sexo-afectivos no anclados en el amor
romántico, los vínculos poli amorosos, el amor libre, las amistades, los
diversos modos de construcciones familiares y, por encima de todo, el amor
hacia sí mismas.
La traducción del mito del amor romántico
se manifiesta en el mandato de amar a otres por encima del
amor propio. Esto se justifica mediante discursos que asumen una
capacidad femenina natural de dar amor, por ende, la capacidad de ser
"buenas mujeres". Si los cuidados son socialmente interpretados como
demostración de amor, se anula la posibilidad de otorgarles un valor intrínseco
y visibilizar el costo que conllevan. En cambio, se valoran los indicadores de
postergación, resignación, incondicionalidad, logrando así romantizar
el amor romántico; cuanto mayor postergación se vislumbra en una
mujer, más mujer se la considera socialmente, mientras los costos quedan
idealizados o invisibilizados.
En este modo romantizado de vinculación, podemos observar una fusión que
borra la singularidad. Cuando este modo de amor no se concreta, el fantasma de
la "incompletitud" aparece sobre las feminidades, dejándolas en una
condición de mujeres en menos, como planteó Fernández (1993). En este sentido,
Coral Herrera (2018) afirma que lo romántico es político (s/p), pues dentro de
las relaciones de pareja se encuentran disputas de poder y dominación, y una
serie de imágenes en bloque (Hercovich, 1992) que se consolidan en torno a lo
que entendemos como amor romántico. Así, bajo el lema somos le une para le otre,
se naturalizan, justifican y romantizan las violencias, los controles y las
opresiones.
Propuesta emancipadora,
modelo para amar
Los aportes de Coral Herrera (2020) nos invitan a abordar una revolución
de los afectos y las relaciones. Para comenzar es fundamental reconocer la
diversidad de los modos de vincularnos, lo que implica conocer qué aceptamos y
qué no en esas relaciones. A su vez, la propuesta de una ética amorosa (Mauri,
2019) se plantea como basada en la noción de respeto, paridad y equidad como
premisas para la construcción de vínculos donde el amor romántico es solo una
modalidad de vinculación, no la única, y está compuesto por características que
no necesariamente reflejan nuestras capacidades de dar o recibir amor. Este
recorrido tiene el potencial de permitirnos desvincular la noción de amor
exclusivamente de la pareja, así como el amor de pareja con el amor romántico
como modalidad ideal. En consecuencia, se abre la posibilidad de habitar
relaciones en las que se considere el sentir singular a partir de un marco de
diálogo, respeto y paridad, con pactos y acuerdos claros.
Es crucial entender que los vínculos sexo-afectivos no necesariamente
deben ocupar el lugar de mayor importancia en la vida de las personas; eso
dependerá de elecciones singulares y permitirá colocar a los vínculos de pareja
en una posición de horizontalidad en relación con otros tipos de relaciones
interpersonales. El reconocimiento de principios fundamentales como el respeto
y la ética amorosa dentro de los vínculos, sustentados en pactos individuales
que no abarquen de manera totalizante nuestras vidas, facilita la construcción
de relaciones saludables basadas en la reciprocidad afectiva. Este enfoque
contribuye a evitar la postergación o la desvalorización de nuestros proyectos,
aspiraciones, deseos y objetivos personales.
Adenda: El
Movimiento Trad wife, mismos
mitos, nuevos modos de circulación
En los últimos años, ha emergido un
fenómeno de contracorriente que ha ganado notoriedad en plataformas como
TikTok, Instagram y Twitter: el movimiento trad wife (esposa
tradicional). Este fenómeno intenta imponer una reconstrucción de antiguas
nociones sobre la feminidad, la familia y el rol de las mujeres. Cabe destacar
que el surgimiento de este movimiento coincide con otros como el movimiento
incel, el discurso de repudio y retroceso en materia de derechos hacia los
colectivos LGTBIQP+ y hacia los feminismos, con activas manifestaciones
violentas y rechazo por lo que denominan agenda woke en conjunto el avance de
las extremas derechas y los discursos conservaduristas.
Como plantea Lucía Lijtmaer (2025), este
modelo de feminidad retoma una estética del hogar que exige ser feliz,
agradecida y sonriente, convirtiendo la felicidad en un mandato moral asociado
al rol femenino. Esta idealización borra cualquier posible expresión de
malestar, desplazando la conflictividad hacia el plano íntimo, como si la falla
fuera de las mujeres que no logran sostener el estándar de perfección
doméstica. En estas narrativas, el hogar se convierte en marca personal y el
cuidado en una forma de rendimiento emocional que el algoritmo populariza y
naturaliza por medio de escenas breves y estéticas. En este sentido, las trad
wife funcionan como pedagogas de roles tradicionales,
disfrazando la subordinación como una estética aspiracional y elegida.
Sin embargo, el movimiento trad wife reivindica un modelo de mujer que
se dedica exclusivamente al cuidado del hogar, la crianza de los hijos y la
atención a su esposo, en un contexto que se presenta como idílico y
perfectamente equilibrado. Las imágenes que circulan en las redes sociales
construyen una narrativa en la que la vida de estas mujeres parece estar
completamente alineada con los ideales de la feminidad tradicional: las mujeres
como cuidadora, amorosa, pasiva, centrada en el hogar.
Las redes sociales juegan un papel crucial en la difusión y
popularización del movimiento trad wife. A través de videos breves y
estéticamente cuidadosos, estas mujeres presentan una versión estilizada de lo
que sería un día en su vida: desde la limpieza de la casa hasta la preparación
de las comidas, todo en un ambiente ordenado, perfecto y controlado. Estas
imágenes crean una comparación constante entre la vida idealizada que muestran
y la realidad cotidiana de quienes las observan. La atracción que genera este
tipo de contenido podría radicar en el ofrecimiento de imágenes contrarias a la
realidad cotidiana que muchas mujeres experimentan. En un mundo donde las
tareas domésticas y los cuidados se presentan como roles desvalorizados, las
mujeres trad wife proyectan una vida idílica que promete armonía, éxito y
felicidad. Este ideal se presenta como algo alcanzable, pero, al mismo tiempo,
está profundamente enraizado en las lógicas del sistema patriarcal.
Aunque el movimiento trad wife tiene su
origen en los Estados Unidos y Europa, su lógica podría encontrar eco en
ciertos sectores de la sociedad argentina que valoran la familia nuclear
heteronormativa como el pilar de la estabilidad social. Este fenómeno podría
verse, como un intento de recuperar una supuesta "pureza" de los
roles de género, en un contexto donde la lucha por los derechos de las mujeres
y los movimientos LGBTIQPA+ se demoniza. Este fenómeno podría ser interpretado
en un contexto cultural y político local donde la noción de "Dios, Patria
y Familia" ha sido históricamente utilizada para consolidar las
estructuras patriarcales. En Argentina, las narrativas sobre la familia
tradicional han sido reforzadas por diversos sectores conservadores, que buscan
restablecer los valores patriarcales tradicionales en oposición a los avances
del feminismo y las diversidades sexo-genéricas, por medio de movimientos como
“Con mis hijos no te metas”xv o la adhesión al lema “Salvemos las dos vidas”xvi.
Tal como observa Lijtmaer (2025), el fenómeno trad wife propone una
feminidad que se auto percibe empoderada, pero que termina reproduciendo la
subordinación bajo la retórica de la elección libre. Este mecanismo se ve con
claridad en el caso de Hannah Neeleman (Ballerina Farm), quien dejó atrás una
carrera artística exitosa para adoptar el rol de “esposa perfecta”, sosteniendo
un modelo que exige sacrificio constante. Su experiencia expone que detrás de
esta idealización hay un disciplinamiento afectivo que reduce a las mujeres al
lugar de objeto de cuidado para otros.
La historia de Enitza Templeton funciona como segundo ejemplo
ilustrativo. En ella, la entrega total al hogar, al marido y a la maternidad se
tradujo inicialmente en reconocimiento social y sentido de pertenencia; sin
embargo, esa aparente vida perfecta, escondía un profundo aislamiento,
dependencia económica y obediencia incuestionable (El Periódico, 2025).
El caso Ruby Franke permite observar el extremo de este fenómeno. La
influencer mormona que encarnaba la maternidad ideal terminó judicializada por
ejercer violencia y castigos abusivos contra sus hijes. Como sostiene Lijtmaer,
estos discursos “proponen una felicidad condicionada al sacrificio femenino”
(2025, 58:49), lo que implica que las violencias se normalicen bajo la lógica
del amor y la obediencia al rol asignado. Así, el movimiento trad wife funciona
como una actualización peligrosa del mandato mujer=entrega, que continúa
inscribiendo desigualdades estructurales en los cuerpos feminizados.
Conclusiones: Caja de herramientas para pensar la
clínica con perspectiva de género
Los mandatos
sociales, que se sustentan en los mitos, operan en nuestras subjetividades
Los mitos de las feminidades descritos por Fernández (1993),
mujer=madre, pasividad erótica y amor romántico, siguen actuando sobre los
cuerpos y subjetividades femeninas, organizando sus posibilidades de deseo,
autonomía y existencia. Aunque los sentidos culturales se transforman, los
efectos continúan siendo palpables en la clínica: culpa, sobrecarga,
silenciamiento del deseo, dificultades para establecer límites y naturalización
del sacrificio como manifestación de amor.
La clínica actual muestra que estas exigencias subjetivas se
intensifican y actualizan a través de nuevos dispositivos culturales que
reeditan las lógicas históricas de dominación patriarcal
La actualidad muestra que estos mandatos se reconfiguran en nuevas
narrativas, incluso bajo lenguajes de libertad y autodeterminación. En
contextos digitales se reactualizan ideales de feminidad que prometen plenitud
a condición de disponibilidad afectiva y entrega constante, lo que evidencia
que el patriarcado no desaparece, sino que se transforma. Fenómenos como el
movimiento trad wife expresan cómo los mitos históricos encuentran nuevos
canales de circulación, ahora estetizados y viralizados.
Los mandatos sociales, que se sustentan en los mitos, operan en nuestras
subjetividades. Cuando estos mandatos se acumulan, como si fueran una carga,
podemos caer en lo que Chasseguet-Smirgel (1991, citada en Lo Russo, 2022)
llamó la "enfermedad de idealidad": una búsqueda incansable de
perfecciones que, en el fondo, son imposibles de alcanzar. Según Alejandra Lo
Russo (2022), cuando las defensas psíquicas fallan frente a esta sobrecarga,
emergen fenómenos como despersonalización, normalización del dolor,
racionalizaciones y un agotamiento emocional sostenido.
A su vez, se ha identificado una marcada negligencia en el autocuidado y
un incremento de problemáticas sanitarias que evidencian la vulnerabilidad a la
que se exponen las feminidades al ubicarse como responsables principales del
bienestar ajeno (Gusmán Benabente et al., 2018, como se citó en Lo Russo,
2022). Se observa así una profunda disociación entre lo que las mujeres
cognitivamente reconocen como necesario para su salud y lo que efectivamente
pueden sostener en sus cuerpos, derivando en angustia que se expresa a través
de síntomas somáticos (Lo Russo, 2022).
La clínica actual muestra que estas exigencias subjetivas se
intensifican y actualizan a través de nuevos dispositivos culturales que
reeditan las lógicas históricas de dominación patriarcal. En este escenario emergen
discursos que revalorizan y estandarizan los mandatos de género, especialmente
en entornos digitales donde se modelan idealizaciones del rol femenino.
Los espacios terapéuticos con perspectiva de género permiten reconocer
cómo estos mitos continúan operando como dispositivos de poder que regulan la
vida emocional. El mito mujer=madre se traduce en culpa, sobrecarga y
agotamiento cuando el deseo singular no coincide con la maternidad hegemónica.
El mito de la pasividad erótica aparece en relatos de silencio, vergüenza y
dificultades para nombrar los propios deseos. El mito del amor romántico emerge
en mandatos que justifican violencias, sostienen vínculos de sometimiento y
producen sentimientos de insuficiencia cuando el amor no “salva” ni completa.
Es por tanto fundamental reforzar los procesos que desarticulan la asociación
entre el amor y las violencias, para promover una comprensión del amor que no
tenga en su base la subordinación ni naturalice las agresiones.
Los procesos terapéuticos que den lugar a elucidación crítica e
incentiven construcciones colectivas con otras feminidades, pueden vehiculizar
cambios en sus posicionamientos subjetivos propiciando la asunción de roles
activos y el desarrollo de la autonomía. En definitiva, reconocer estos mitos
como construcciones sociales y no como verdades naturales comprende un paso
necesario para desarmar las lógicas de subordinación que aún impactan en la
salud mental de las mujeres y otras identidades feminizadas.
María Luján Costa
Licenciada en Psicología (Universidad de Buenos Aires)
Master en Género y Políticas Públicas (Prigepp – Flacso)
Cátedra Introducción a los Estudios de Género (Facultad de Psicología UBA)
La fotografía que ilustra este artículo se titula “Edita, la del
plumero” y pertenece a Sandra Eleta (Panamá, 1942) y fue parte de la muestra
"Mujeres radicales: arte latinoamericano, 1960-1985"
Mas info sobre la muestra: https://www.infobae.com/america/cultura-america/2018/09/21/mujeres-radicales-la-gran-muestra-que-reivindica-el-arte-femenino/(link
is external)
Mas info sobra la autora: https://es.wikipedia.org/wiki/Sandra_Eleta(link
is external)
Bibliografía
Arduino, I. (2014). La mala
víctima. Revista Anfibia. http://revistaanfibia.com/ensayo/la-mala-victima/(link is external)
Castoriadis, C. (2007). La
institución imaginaria de la sociedad. Tusquets.
Castro Arbeláez, M. A. (2019). Pulsión
de vida o eros: ¿qué es? La mente es maravillosa. https://lamenteesmaravillosa.com/pulsion-de-vida-o-eros/(link is external)
Deforme Semanal. (2025, 21 de
septiembre). 09x01 - UNO - Deforme Semanal
Ideal Total [Video]. YouTube. http://www.youtube.com/watch?v=I3gq-Z84RxY(link is external)
Deleuze, G., & Guattari, F.
(1980). Mil mesetas.
Bloomsbury Academic.
Federici, S. (2010). Calibán
y la bruja: Mujeres, cuerpo y acumulación originaria. Traficantes
de sueños.
Fernández, A. M. (1993). La
mujer de la ilusión. Paidós.
Foucault, M. (1975). Vigilar
y castigar: Nacimiento de la prisión. Siglo XXI Editores.
Freud, S. (1924). Neurosis y psicosis.
En El yo y el ello y otras obras. Amorrortu Editores.
Freud, S. (2011). Sobre una degradación
general de la vida erótica. En Obras completas.
Biblioteca Nueva. (Obra original publicada en 1912).
Guimaraes García, F. (2017). La Roy. La Revolución de una Trava. Puntos
Suspensivos Ediciones.
Hercovich, I. (1992). De la opción “sexo
o muerte” a la transacción “sexo por vida”. En A. M. Fernández (Ed.), Las
mujeres en la imaginación colectiva (pp. 133–150). Paidós.
Herrera, C. (2018). Se ha disfrazado de
amor el control y la dominación. Público. https://www.publico.es/sociedad/amor-romantico-coral-herrera-disfrazado-amor-control-dominacion.html(link is external)
Herrera, C. (2020). Dueña de mi amor,
contra la gran estafa romántica. EFEminista. https://www.efeminista.com/duena-de-mi-amor-mitos-amor-romantico-mujeres/(link is external)
Hirsch, M. (2024). Cosa
de mujeres: Una historia en 100 objetos. Debate.
Lo Russo, A. (2022). Seguir pensando en géneros: academia, militancia y
psicoanálisis. En D.
Mauri, M. E. (2019). Nuevos
contratos sexo-afectivos desde la perspectiva de género [Tesis
de licenciatura en Psicología]. Universidad Nacional de Buenos Aires, Facultad
de Psicología. https://apunty.com/doc/nuevos-contratos-sexo-afectivos-desde-la(link is external)
Tajer, D. (Comp.). (2022). Psicología feminista. Topia.
Tajer D. (2020). Género y subjetivación: modos de vivir, de amar y de
trabajar. En Psicoanálisis para todxs. Por una clínica postpatriarcal,
posheteronormativa y poscolonial. (pp. 27-48). Topía.
Razavi, S. (2007). La economía política y social del cuidado en un
contexto de desarrollo: Cuestiones conceptuales, preguntas de investigación y
opciones de política. Programa sobre Género y Desarrollo, Documento n.º 3.
UNRISD.
Ruiz Marull, D. (2018). Toda la verdad
sobre la ablación genital femenina. La Vanguardia. https://www.lavanguardia.com/vida/20180504/443242463041/ablacion-mutilacion-genital-femenina-etiopia.html(link is external)
San Segundo, V. (2025, 19 de octubre).
'Trad wife' arrepentidas: la farsa de la vida doméstica y la 'cárcel'. El
Periódico. https://www.elperiodico.com/es/sociedad/20251019/trad-wife-arrepentidas-farsa-vida-domestica-carcel-122714683(link is external)
Sequeira Peres, W. (2013). Políticas
queer y subjetividades. En A. M. Fernández & W. Sequeira Peres
(Eds.), La diferencia desquiciada:
Géneros y diversidades sexuales (pp. 27–40). [Se requiere
nombre de la editorial].
Speranza, A. A., & Costa, M. L. (en prensa). Violencias por motivos
de género: Modalidades de acompañamiento desde el campo de la subjetividad. Una
mirada interseccional y de derechos humanos. En Memorias del XVII Congreso
Internacional de Investigación y Práctica Profesional en Psicología. Facultad
de Psicología, Universidad de Buenos Aires.
Stefano, M. (2024, 18 de octubre).
Mariela Muñoz fue la primera trans en ser reconocida legalmente como mujer en
su DNI y una de las madres más famosas de la historia argentina. Agencia
Presentes. https://agenciapresentes.org/2024/10/18/mariela-munoz-mama-trans-y-pionera-en-la-lucha-lgbt/(link is external)
Tajer, D. (2009). Heridos
corazones. Paidós.
Tajer, D. (2020). Psicoanálisis
para todxs. Topía.
Tovar Núñez, M. (2010). [Título del
artículo]. Revista Venezolana de Estudios
de la Mujer, 15(34). https://ve.scielo.org/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S1316-37012010000100001(link is external)
Walker, L. (1979). La
mujer maltratada. Harper and Row.
Notas al pie
i Investir de energía mental o
emocional.
ii La
modernidad, que se desarrolló en Europa entre los siglos XVII y XVIII, trajo
consigo cambios significativos en la estructura social, política y económica.
Sin embargo, desde una perspectiva feminista, es importante destacar que este
proceso también perpetuó y profundizó las desigualdades de género.
iii Elegimos
este momento histórico como punto de partida, dado que nos permite entender el
surgimiento de pautas sociales que persisten (mutando sus formas, pero
manteniendo su estructura) hasta la actualidad. Asimismo, cabe destacar que los
mitos no son creación de las sociedades modernas, sino que son mecanismos de
transmisión utilizados a lo largo de toda la historia de la humanidad y las
diversas culturas que la componen.
iv En un contexto donde la Iglesia Católica era la institución más
poderosa, la Inquisición se convirtió en un instrumento para controlar y
oprimir a las mujeres que desafiaban la autoridad masculina. La acusación de
brujería se utilizó para silenciar a aquellas que poseían conocimientos
tradicionales sobre medicina, agricultura y espiritualidad, especialmente
mujeres de sectores populares (Federici, 2010). La persecución llegó a extremos
como la confección de un manual en el año 1496, denominado Malleus Maleficarum,
donde se explicaba cómo descubrir a las brujas (Hirsch, 2024). https://www.google.com.ar/books/edition/LD_MARTILLO_DE_LAS_BRUJAS/5b03n-_9PWcC?hl=es&gbpv=1&pg=PA9&printsec=frontcover
v Cabe destacar que durante dicho período histórico se sucedían en
paralelos el arrasamiento y esclavización sistemática en el continente africano
y el genocidio humano y cultural en el continente americano (Federici, 2010).
vi El artículo se encuentra escrito en lenguaje inclusivo respetando
los principios de yogyakarta https://yogyakartaprinciples.org/wp-content/uploads/2016/08/principles_sp.pdf(link
is external), asimismo se
prefiere la utilización de la letra “E” en lugar de la “X” dado que la mismas
es leíble/audible en programas y aplicaciones para personas ciegas.
vii Aquellas cuya identidad de género coincide con el sexo asignado al
nacer. CG de ahora en adelante.
viii Cabe destacar que, en los barrios populares, es una práctica
habitual la adopción no oficializada por parte de mujeres trans y travestis,
con lo cual el caso de Mariela Muñoz, aunque públicamente conocido, no fue ni
es el único.
ix Ejemplo de esto es el movimiento de herejes que promovía, entre
otras prácticas que hoy podemos considerar de vanguardia, una visión de la
sexualidad sin restricciones de género (Federici, 2004).
x Es menester aclarar que este control pasaba por padres y hermanos
en primera instancia, para quedar en manos del marido al momento en que las
mujeres contraían matrimonio o en su defecto del sacerdote si tomaban los
hábitos (acción muchas veces utilizada por mujeres como estrategia para evitar
el matrimonio como destino ineludible y/o tener acceso a la educación formal,
por ej. saber leer y tener acceso a libros).
xi El neologismo me pertenece, busca identificar la mirada centrada
en la anatomía de los sujetos como rasgo fundamental para la construcción de
identidades y roles.
xii Cabe destacar que esta mirada cis heteronormada, invisibiliza a
las mujeres trans.
xiii El neologismo me pertenece, responde al conjunto de límites
invisibles (desarrollados por diversas autoras feministas) en las carreras
laborales y profesionales de las mujeres.
xiv Entendidos como procesos psíquicos inconscientes que tienen como
función principal proteger al individuo de la ansiedad y el malestar emocional
generado por impulsos internos inaceptables o por las exigencias del mundo
exterior que entran en conflicto con sus deseos o necesidades.
xv http://conmishijosnotemetas.com.ar/#!/-conmishijosnotemetas/
xvi https://salvemoslasdosvidas.com/

No hay comentarios.:
Publicar un comentario