Dos años
después, parada en el puente El Guanábano, Susana Raffalli no podía creer lo
que tenía en frente. Del rancherío de Catuche, ubicado al final de la avenida
Boyacá, cerca del Seminario San José, no quedaba nada. Aquello era un lodazal
con pocetas, neveras y muñecas cubiertas en la tierra húmeda. La tragedia del
estado Vargas, en 1999, también se sintió en Caracas.
Llegó a
Venezuela en cuanto supo que el Aeropuerto Internacional Simón Bolívar había
abierto sus puertas. Venía de dos años en Guatemala, donde hizo una maestría en
seguridad alimentaria. La tesis para graduarse fue sobre Catuche, un sector
popular ubicado al norte de Caracas en el que había trabajado como voluntaria
con una amiga hacia finales de los años 80. Sin embargo, a su regreso, halló un
lugar arrasado por el deslave y la quebrada.
Aparte del
siniestro, los militares imponían el orden haciendo lo que querían. Eso no le
gustó. Presintió que algo más allá de lo evidente estaba sucediendo. Recuerda
haber preguntado por Miguel y por Doris, miembros de la asociación de vecinos,
pero le dijeron que no estaban. Nadie sabía nada. Los vecinos no tenían el
control. Los militares manejaban toda la zona.
La tragedia
fue como un mal augurio para Catuche y para el país.
Pero esto
tampoco la detuvo. Si quería ayudar, debía hacerlo desde donde podía. Al poco
tiempo, regresó a Guatemala. Allá la realidad no era muy diferente, un año
antes había sido devastado por el huracán Mitch, uno de los ciclones tropicales
más fuertes de la era moderna. Ella estaba inmersa en unos proyectos humanitarios.
Desde que estudiaba en el colegio San José de Tarbes, a comienzos de la década
de los 80, a Susana esas cosas le estremecían el alma.
Eran los
últimos vientos de la Guerra Fría, tiempos de la teología de la liberación y de
las guerras en Centroamérica. El 24 de marzo de 1980, el padre salvadoreño
Óscar Arnulfo Romero fue asesinado de un tiro en el corazón. Nueve meses
después, cuatro monjas misioneras fueron secuestradas, violadas y asesinadas
por grupos paramilitares también en ese país. Era una época convulsa para la
Iglesia católica; las hermanas religiosas tarbesianas lo sabían.
En el colegio
organizaban vigilias por los caídos centroamericanos. Rezaban y suplicaban a
Dios el cese de la violencia y el fin de la era de Ronald Reagan, “éramos antiimperialistas
de 16 años. Cambiamos hasta las canciones de la misa, dejamos de decir ‘Santo
es el Señor’ a ‘Santo también es el pueblo que busca liberación’. Eso fue
intenso”. Una vez, en una fogata en el patio del colegio, a una compañera suya
se le ocurrió lanzar a las brasas un suéter de Mickey Mouse. Todas siguieron el
ejemplo. Se trataba de un acto de profundo rechazo hacia la política exterior
estadounidense en la región.
No todo se
trató de protestas contra los Estados Unidos. El valor más importante de esos
movimientos juveniles era la justicia social, por eso también eran voluntarios
en muchas zonas populares de Caracas. Susana lo recuerda con nostalgia:
“Aquello fue barrio para arriba y para abajo. Teníamos movimientos en apoyo a
las obras sociales. Siempre estábamos en un barrio. Hacíamos trabajos
comunitarios en lo que antes era el Centro de Recuperación Nutricional Menca de
Leoni y hoy es el Negra Hipólita”.
Allí comenzó
su activismo social.
Al graduarse
de bachiller, pudo equilibrar esa vocación de servir a los demás con sus deseos
de ser médico como su bisabuelo, Arturo Ayala, uno de los fundadores de la
Academia Nacional de Medicina. Quiso estudiar para ser nutricionista. Tras
cinco años de carrera, en la Universidad Central de Venezuela (UCV), obtuvo su
título en 1988.
En el país,
las brechas sociales se ampliaban con rapidez y los rancheríos se expandían por
los márgenes de Caracas. Fue entonces cuando tuvo su primer contacto con los
habitantes de Catuche, que para los indios caracas quería decir “guanábano”.
Corrían los primeros años de la década de los 90. Para ese entonces Aristóbulo
Istúriz los ayudaba, empezaba su carrera política en el Municipio Libertador.
“Teníamos un
trabajo con los barrios, yo era voluntaria, pero no se trataba sobre
alimentación. Una vez, por ejemplo, decidimos hacerles masajes a las señoras
del sector por los nervios, también limpiábamos la quebrada”. Se trataba de una
actividad que compaginaba con sus estudios y trabajo en el Centro Médico de
Caracas, donde la doctora Josefa Vivas de Vegas un día le recomendó estudiar en
el Hospital John Hopkins, en Baltimore, Estados Unidos. Allí se especializaría
en niños con errores innatos del metabolismo.
De las clases
en Baltimore saltó a Guatemala, donde el Instituto de Nutrición de
Centroamérica y Panamá (INCAP) preparaba un programa de maestría en seguridad
alimentaria. Siendo estudiante pudo conocer más de cerca la realidad
centroamericana, aunque les exigían a los alumnos internacionales que sus tesis
trataran sobre sus países. Susana utilizó la experiencia en Catuche para
diseñar un sistema de distribución local de alimentos, que recortara los
precios de los productos. Regresó a Venezuela para empezar.
Corría ya el
año 1998 y la gente estaba embelesada con las venideras elecciones
presidenciales. Nadie esperaba la tragedia. Mientras hacía las entrevistas,
nunca imaginó que aquello sería arrastrado por la quebrada. Luego decidió irse
a Bogotá, Colombia, a trabajar en UNICEF, gracias a una propuesta que le hizo
Aaron Lechtig, director para Asuntos de Nutrición en América Latina en esa
institución.
Allí duró dos
años y se enamoró de un hombre de quien prefiere reservar el nombre. Era de
izquierda y acababa de llegar de Cuba. El destino los separó bruscamente,
cuando participaba en una campaña humanitaria, en Burundi, llevando un convoy
de alimentos; fue asesinado en un ataque terrorista. En la oficina nadie podía
creerlo, a Susana eso le afectó mucho.
Después de
culminar su tesis de grado regresó a Venezuela con intención de ponerla en
práctica. Sin embargo, el deslave de Vargas llegó primero. Frente al desastre
no pudo hacer mayor cosa. Ese día, parada en el puente El Guanábano, se sintió
vacía. Después de recorrer el sitio comprendió que no quedaba mucho por hacer.
Aprovechó que todavía tenía unos proyectos en el INCAP y se devolvió a
Guatemala. Visitaba a su familia dos veces al año, en agosto y en diciembre.
Así se mantuvo hasta el año 2004, cuando, finalmente, optó por irse a España
para formarse en Derechos Humanos.
Hasta ese
momento, llevaba 7 años trabajando en proyectos sociales.
En un curso
ofertado por la Universidad Complutense de Madrid y la Cruz Roja española,
Susana Raffalli comprendió la importancia de la alimentación en las emergencias
humanitarias, y con estas credenciales se postuló al Oxford Committee for
Famine Relief (Oxfam), confederación internacional con la que trabajó en varios
proyectos sociales en todo el mundo, desde el tsunami indonesio de diciembre de
2004 hasta campañas en varios países asiáticos y africanos. De aquellas
experiencias recuerda una lección que no olvida: a veces toca tener que
negociar con dictadores, con los que tienen el control.
Utiliza una
metáfora para explicar esa lección: “Si vamos todos en un avión y se empieza a
caer. Tú tienes al piloto legítimo amarrado en el baño y a los secuestradores
en la cabina. Quieres salvarte y salvar a todos los pasajeros. ¿Tú vas a ir al
baño por el piloto legítimo o te vas con los locos que están manejando? La
acción humanitaria se hace con los que tienen el control. No tiene sentido
negociar con alguien que si bien es legítimo no tiene poder”.
Su regreso
definitivo a Venezuela fue en 2011, debido a la enfermedad de una de sus
hermanas. Aunque estaba en contacto con la realidad venezolana, le costó
entender cómo funcionaba la gestión humanitaria en el país, pues sus colegas
eran del ámbito clínico y su formación social la adquirió afuera.
Intentó con la
Fundación Bengoa, pero esa organización era más social que humanitaria. La
degradación de la calidad de vida de los venezolanos aumentaba con velocidad.
Debía decidirse rápido. En casa las cosas tampoco andaban bien; una segunda
hermana falleció en el año 2013.
La salud de su
madre tampoco se encontraba en su mejor momento. La muerte de sus dos hijas la
afectaron bastante. Susana se quedó en el país para hacerle compañía. La crisis
empezó a ahogar a los venezolanos en 2016: inflación, devaluación, escasez y
especulación eran las palabras más comunes que definían la situación. Era hora
de hacer algo.
Caritas, una
organización “al servicio de los más pobres”, le interesaba mucho. Allí le
propusieron un trabajo y lo aceptó. Además, formaba parte de la Iglesia
católica. Era como volver a la idea de donde inició todo, la caridad cristiana
y la justicia social que tanto le inculcaron las monjas del colegio San José de
Tarbes.
En 2018
recibió el premio franco-alemán de Derechos Humanos y Estado de Derecho. En
2020, entró en la lista de las 100 mujeres más inspiradoras e influyentes en el
mundo, selección realizada por la BBC. Eso todavía la sorprende. Fue por su
trabajo durante la pandemia: “Diseñamos un sistema de alimentación grande, con
comedores y ollas comunitarias. Ayudamos a mucha gente. Lo hicimos con la
Congregación de las Hermanitas de los Pobres, quienes se encargan de llevarles
comida a los presos del Rodeo”.
***
Este texto se
produjo bajo la dirección y coordinación de la asociación civil
Medianálisis (medianalisis.org) como parte de un proyecto para reseñar y destacar el
trabajo de la sociedad civil en Venezuela.
POR Jesús Piñero
Ilustración: Susana Raffalli por EDO
Por Prodavinci
05/05/2021

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