A partir de las biografías de Thomas Mann o Antoine de Saint-Exupéry, el libro más reciente del filósofo holandés reflexiona sobre un humanismo en quiebra.
El filósofo holandés, director del Instituto Nexus, acaba de
publicar La palabra que vence a la muerte. Cuentos de verdadera
grandeza (Taurus), donde explora las vidas excepcionales de autores
que defendieron el humanismo en tiempos oscuros.
En su libro escribe sobre la conversión de
Thomas Mann: de romántico y nacionalista a liberal.
Thomas Mann, nacido en 1875, formaba parte del mundo del romanticismo
alemán. Es el mundo de Bach, el mundo de la simpatía por la muerte porque la
vida cotidiana era algo banal y estúpido. Como muchos otros intelectuales
alemanes –su hermano Heinrich fue una excepción–, durante la Primera Guerra
Mundial se puso del lado de Alemania. Heinrich dijo: “Estamos cometiendo un
error, yo estoy del lado de los franceses, del lado de la democracia.” Thomas,
en ese momento, no pensaba lo mismo. Primero escribió tres ensayos bastante
tontos para celebrar la guerra, como muchos otros, incluido Stefan Zweig. La
consideraban una guerra de ideas, sobre el tipo de mundo en el que íbamos a
vivir.
Luego escribió Reflexiones de un hombre apolítico para
aclarar cuáles eran sus valores morales y qué significaba ser intelectual y
escritor. Lo interesante de ese libro es que él nunca fue reaccionario. En
aquella época, escribió que su verdadera patria era Europa, no Alemania.
Pensaba que para proteger este mundo de ideas había que mantener vivos al
emperador y al Estado prusiano. Al mismo tiempo, si leemos sus críticas al tipo
de democracia con el que tenía problemas, vemos que son muy acertadas en lo que
respecta a los problemas a los que nos enfrentamos hoy en día con nuestras
democracias. Una de las cosas que señaló fue la politización de la mente. Es
exactamente lo que vemos en la extrema izquierda y la extrema derecha: todo se
enmarca en un contexto político. Él vio estas cosas.
Publicó el libro en 1918, justo cuando
acababa de terminar la guerra.
Y después vio también cómo aumentaba la violencia en Alemania. En mayo
de 1921, las cosas empezaron a encajar para él. Primero fue un verso de un
poema de Goethe. Y luego escribe en su diario –porque, afortunadamente, tenemos
sus diarios…: “El Humanismo, y no el alemán, es lo indispensable, lo
indispensable.” Así que lo que se suponía que iba a ser un relato corto, una
especie de historia cómica como contrapartida a Muerte en Venecia,
se transformó en La montaña mágica, donde utiliza esa frase de Goethe
para decir que, aunque la muerte existe, no podemos permitir que domine
nuestras ideas.
Esto es importante porque es una especie de repetición de Spinoza, quien
escribe algo similar en la Ética, pero también porque estamos ante
una cultura de la muerte, como escribo en el prólogo de mi libro. Thomas Mann
tuvo el valor –y es bastante inusual– de transformarse. Hubo algunos más, como
André Gide, que cambiaron de opinión. Sartre nunca cambió de opinión; fue
estalinista hasta el final de su vida, siempre disculpando a Stalin. Pero
Thomas Mann, precisamente porque había estado en el otro bando, era mucho más
perspicaz sobre lo que iba a pasar que su hermano Heinrich. Vio los peligros
del nazismo y el culto a Hitler mucho antes que él, viviendo en el mismo lugar.
Ya en 1923, comenzó a advertir sobre Hitler, lo cual, si se conoce el resto de
la historia, es notable, ya que mucha gente se negaba a verlo.
Al final de su vida, también se convirtió, para los estadounidenses, en
el representante más importante de la “Alemania buena”, una idea que él siempre
rechazó. En una ocasión, dio una conferencia sobre las dos Alemanias y dijo:
“No hay una Alemania buena y una Alemania mala, solo hay una Alemania”, y Doktor
Faustus es una expresión de cómo en un individuo, en un ser humano, en
un país, se pueden tener ambas caras. Lo que vemos que está sucediendo ahora
mismo en Estados Unidos, Thomas Mann lo anticipó, dejando el país con una nota
en su diario: “El fascismo está volviendo a América.” Esto fue en la década de
1950. Y esto es exactamente lo que estamos viendo ahora. Para mí está
absolutamente claro que, al igual que los peores instintos europeos obtuvieron
el poder político en los años veinte y treinta y están volviendo a ganar
terreno, lo mismo está sucediendo ya en América. Los peores instintos
estadounidenses tienen ahora todo el poder político. Veamos lo que le ha pasado
a Charlie Kirk, que alababa las armas y ahora es víctima de sus propias ideas.
Esto podría ser fácilmente el comienzo de una guerra civil.
Hay quienes dicen que estamos en una nueva
era romántica: autenticidad, espontaneidad, irracionalismo, culto a la
violencia.
No estoy de acuerdo. Mira, si quieres describir el culto nazi, que era
un culto a la muerte, o la cultura narco en México, que también es un culto a
la muerte, como algo romántico… Hamás también es un culto a la muerte y, por
desgracia, los israelíes ahora están copiando esto y haciendo lo mismo. El
romanticismo político alemán original, que comenzó con Herder, fue una especie
de rebelión contra una forma de Ilustración que se basaba completamente en el
paradigma de la racionalidad. En mi opinión, lo que ocurrió aquí en Europa
después de la Primera Guerra Mundial fue que todo quedó en ruinas. Una de las
cosas que ocurrió es que, hasta la Primera Guerra Mundial, nuestro icono,
nuestro héroe definitivo, era Beethoven. Estaba en todas partes. Curiosamente,
después de la guerra, el icono de Beethoven fue sustituido por Superman.
Superman se convierte en el nuevo héroe de nuestro tiempo. Viene de
Estados Unidos y puede salvar el mundo. Pero luego nos perdimos porque tuvimos
una Segunda Guerra Mundial. Así que lo que hicimos en Europa fue crear una
Unión Europea basada en algunos valores económicos y políticos, pero el
paradigma principal en Europa es también tecnológico y racional. Esto explica
por qué toda la atención de la clase política se centra en el crecimiento
económico, la innovación y la competitividad, y la educación se reduce a la
ciencia, la tecnología, la economía y las matemáticas, un punto de vista
completamente utilitario.
El problema es que las personas no pueden vivir como si tuvieran una
“utilidad”. Uno solo importa en la medida en que puede desempeñar un papel
constructivo en la economía. La izquierda comete el error de seguir pensando
que el punto de vista marxista, centrado en las cuestiones económicas, sigue
funcionando. Para mucha gente, ya no se trata de cuestiones económicas, sino de
cuestiones de identidad, de pertenencia. Y dentro de esas cuestiones de
identidad, se pueden ver esos extremos tanto en la izquierda como en la
derecha.
También está todo este fenómeno del escapismo. Si hablamos de
autenticidad, ¿hasta qué punto eres auténtico cuando estás todo el tiempo en tu
cuenta de Instagram, exponiendo toda tu vida en Facebook? Puede que lo seas,
pero es muy artificial. Y he estado pensando en todo este tema de la
inteligencia artificial, que me parece una auténtica pesadilla. Sigamos con
esta línea de pensamiento: ¿qué hay del amor artificial, la amistad artificial,
la sabiduría artificial, la justicia artificial? No hay inteligencia en la
inteligencia artificial.
En el libro dice que George Orwell era, en
el fondo, un pensador utópico.
¿Por qué escribe 1984? No lo escribe para decir: “Soy el profeta de la
fatalidad. Esto es lo que va a pasar, y la única salida es el suicidio.”
Escribe 1984, al igual que Huxley escribió Un mundo feliz,
como advertencia. Unos años después de que se publicara el libro de Burnham
sobre la revolución gerencial, cuya tesis principal era que los gerentes
tomarían el control y que más valía aceptarlo, Orwell dijo que no. Se reveló
como un verdadero utópico en el sentido de que nunca, jamás, se debe aceptar el
statu quo.
Estamos en una era muy pesimista. La
izquierda ya no piensa en el futuro, o cuando lo hace es en términos
apocalípticos.
Quiero organizar un congreso que se titule “¿Por qué la izquierda es tan
estúpida?” Y quiero hacerlo porque yo mismo soy de izquierdas. Creo que si
tenemos un problema real y grave con el conservadurismo, especialmente con el
pensamiento reaccionario, entonces debemos hacerlo mejor. Cuando te das cuenta
de que el Partido Demócrata en Estados Unidos es incluso más impopular que
Trump, eso es todo un logro.
La clase intelectual se suicidó, empezando en los años sesenta con
Foucault y algunos otros, hablando del posmodernismo. Repito una anécdota de un
diario de Camus: él, Sartre y Malraux son invitados por este último a decidir
si deben ponerse del lado de los estadounidenses o de Stalin en lo que respecta
a los derechos humanos. Sartre, por supuesto, defiende completamente a Stalin
frente a los estadounidenses. Y entonces es Camus quien dice: “¿No crees que
nosotros, que venimos del mundo de Nietzsche y el nihilismo, tenemos la
obligación moral de decirle a la gente que hay valores morales y que tenemos
que defenderlos?”. Ese fue el comienzo de la ruptura entre ellos. Por
desgracia, Sartre ganó y Camus perdió.
Y así, el mundo intelectual comenzó a promover que no existe la verdad,
ni la bondad, ni la belleza. Recuerdo muy vívidamente que en 2008, cuando
publiqué la edición estadounidense de mi libro, di una conferencia en una
universidad y algunos profesores me aconsejaron que no utilizara la palabra
“belleza”. Les pregunté: “¿Por qué no?”. Me respondieron: “Porque es un
concepto controvertido”.
Ya no podemos saber qué es la belleza. Básicamente, les dije, de una
manera más educada, que se fueran al carajo. Les dije: “Miren, mi madre estuvo
en un campo japonés, mi padre era un líder sindical que comenzó en una fábrica.
Sé más sobre el mundo de la justicia social de lo que ustedes jamás sabrán. Ya
le han quitado todo a la gente. ¿Ahora también quieren quitarle la belleza
porque es un concepto controvertido?”.
Mientras tanto, en Rusia y Polonia, Miłosz, Szymborska y otros luchaban
por mantener viva la idea de que existen valores morales absolutos. No se
pueden proclamar como dogma, porque entonces te conviertes en absolutista, pero
nunca se pueden abandonar. Por eso Thomas Mann escribió José y sus
hermanos; ese fue su mensaje en todo momento. Pero la izquierda lo
abandonó, y entonces llegamos a la deconstrucción y a esta tontería de lo woke,
que es otra forma de neoestalinismo. Abandonaron las ideas en sí mismas. ¿Y
sabes cuál es la respuesta de la derecha? “Muchas gracias ¿Renunciáis a los
valores morales? Vale, pues nos los quedamos nosotros y los usamos a nuestra
manera”.
En uno de los discursos de Thomas Mann,
dice: “La defensa de la razón frente a la sangre y el instinto no implica que
su capacidad creativa deba ser sobrestimada. La creatividad es solo el sentirse
guiado por la razón, es un amor siempre activo”. La razón se ve todavía hoy
como algo instrumental, cerebral, poco atractivo.
En 1935, Husserl dio su famosa conferencia sobre la crisis de la ciencia
y se preguntó por qué la filosofía no podía curar al mundo. Planteó el mismo
argumento: algo fallaba en el concepto de racionalidad. La racionalidad se
convirtió en algo instrumental, que ya no tenía relación con lo que solía ser,
es decir, el logos. Horkheimer escribió un libro entero sobre la
diferencia entre la razón cuando se racionaliza por completo y la razón como
expresión del logos, del lenguaje, del mundo de las ideas.
Nadie ha pedido nacer, pero una vez que estás aquí, te preguntas:
“¿Quién soy? ¿Qué voy a hacer con esta vida?”. Esta pregunta te perseguirá
hasta el final de tus días. Para tomar las decisiones correctas, necesitas un
cierto tipo de conocimiento, o incluso sabiduría. La inteligencia artificial no
te dará buenos consejos; el consejo que suele dar es que es mejor que te
suicides, así que no lo sigas. La economía no te dará una respuesta, la
tecnología no te dará una respuesta. La respuesta solo puede venir del mundo de
la filosofía y del mundo de las musas (el arte). Eso es lo que dijo Sócrates.
Lo llamamos Bildung, podemos llamarlo educación, pero eso es lo que es.
¿Por qué? Porque la filosofía te ayuda a
pensar. Y la música, la literatura, el arte… están ahí para ayudarte a
expresarte y también te dan el poder de la imaginación. Ahora, imagina que no
puedes imaginar. Estarías preso en ti mismo, en el statu quo. Las musas son
cruciales. ¿Hasta qué punto es racional la imaginación? No es racional, es
imaginación. Pero es uno de los dones más importantes que tenemos. Me han dicho
que hubo un problema aquí con una influencer que dijo que las personas que leen
no deben pensar que son mejores que los demás. Yo le diría a esa joven que no
debe olvidar que solo es parte de una moda pasajera y que, en un par de años,
nadie sabrá siquiera quién es. No se trata de ser mejor, pero sí, hay cierta
sabiduría en la lectura. No hay garantía de que las personas hagan cosas buenas
con esa sabiduría, pero sin ella no tienes nada, porque todas las capacidades
que necesitas para salir adelante en la vida desaparecerán.
16 octubre 2025
AUTOR
Ricardo Dudda
(Madrid, 1992) es periodista y miembro de la redacción de Letras Libres. Es
autor de 'Mi padre alemán' (Libros del Asteroide, 2023).

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