El conflicto es parte del juego democrático, pero hay una línea que separa los desacuerdos legítimos de la polarización populista: el modo en que se trata al oponente.
Hace más de un cuarto de siglo un
funcionario poco conocido del Departamento de Estado de Estados Unidos pu-
blicó un artículo en una revista política. El título adquiriría fama mundial,
pero también sería ampliamente malinterpretado. El autor era Francis Fukuyama y
el título, por supuesto, era “El fin de la Historia”. Desde hace mucho tiempo
una manera perezosa de mostrar sofisticación intelectual es declarar, con
obligado desdén, lo evidente que resulta que la Historia no terminó con la
Guerra Fría. Pero es probable que muchos de los que hacen afirmaciones en este
sentido nunca hayan leído la obra de Fukuyama. El autor no predijo el fin de
todo conflicto, simplemente propuso que, en el terreno de las ideas, la
democracia liberal ya no tenía rivales. Admitió que aquí y allá otras
ideologías podrían gozar de apoyo, pero que nada podía competir con el
atractivo de la democracia liberal (y el capitalismo de mercado).
¿Estaba tan
claramente equivocado Fukuyama? En este momento la democracia liberal no tiene
un competidor serio en el islamismo radical (quienes conjuran el espectro del
“islamofascismo” revelan más de su anhelo por tener frentes de combate tan
claros como los de la Guerra Fría que de realidades políticas del presente). Lo
que se ha dado a conocer como el “modelo de China” sin duda ejerce cierta
influencia, en especial entre quienes piensan que China representa el triunfo
de la meritocracia, en contraposición a la desordenada e irracional democracia
(y quizás entre aquellos individuos que se consideran a sí mismos poseedores de
los más grandes méritos, por ejemplo, en Silicon Valley). Sin embargo, en
general, la “democracia” sigue siendo el principal premio político: después de
todo, los regímenes autoritarios pagan a los grupos de presión sumas cuantiosas
para que se les reconozca como democracias en el escenario global.
Y, sin embargo,
no todo está bien. Hoy el peligro para las democracias no es una ideología
integral que de manera sistemática rechace los ideales democráticos. El peligro
es el populismo, que puede dar la impresión de cumplir las verdaderas promesas
de la democracia (“¡que el pueblo gobierne!”). Es decir, el peligro viene del
interior: sus defensores emplean el registro de los valores democráticos, al
grado de que algunos observadores han aplaudido, erróneamente, el populismo
como una variedad legítima de la democracia, una suerte de “democracia no
liberal”.
Pero ¿dónde
está la frontera entre populismo y democracia? Suele decirse que los populistas
polarizan y demonizan deliberadamente a diversos “otros”. De hecho, culpar a
los otros es un indicador infalible para distinguir a un populista de quien no
lo es. Muchos observadores han señalado que tanto Donald Trump como Bernie
Sanders son populistas. Sin dar nombres, Michael Bloomberg, el exalcalde de la
ciudad de Nueva York, atacó hace poco a los demagogos “de ambos partidos”.
Equiparando a Trump y a Sanders, les reprochó haber endosado diversos problemas
a “blancos fáciles que generan resentimiento”. Y lo explicó de este modo: “Para
los republicanos son los mexicanos indocumentados y los musulmanes; para los
demócratas, son los ricos y Wall Street.”
Sin embargo,
¿acaso la crítica a los demás y la búsqueda consciente del conflicto no forman
parte del juego democrático? Si, como dice el tópico, no hay identidad si uno
no se define contra el “otro”, ¿no desaparece por completo la línea entre
populismo y democracia? Es importante entender que para los populistas el
conflicto significa algo distinto que para los demócratas. En política es tanto
inevitable como legítimo estar en desacuerdo: de hecho, sin desacuerdo no
estaría claro si todavía tenemos política o no. El asunto es cómo se trata a
quienes no están de acuerdo, y si el proyecto político que tienes obedece
fundamentalmente a un impulso negativo: es decir, que se opone a otros, en vez
de ofrecer una visión positiva.
Queda claro que
tenemos que comprender qué es en realidad el populismo. Ser crítico con las
élites es una condición necesaria pero no suficiente para contarse entre los
populistas. De lo contrario, cualquiera que criticase el statu quo en, por
ejemplo, Grecia, Italia o Estados Unidos, sería por definición populista. Y, al
margen de lo que uno opine sobre Syriza, el movimiento insurgente Cinco
Estrellas de Beppe Grillo o el propio Sanders, resulta difícil negar que sus
críticas al sistema político y económico en sus países está casi siempre
justificado. También, prácticamente todo candidato presidencial en Estados Unidos
sería populista si criticar a las élites existentes fuera lo único que
definiera al populismo: en última instancia, todos se presentan a las
elecciones “contra Washington”.
Además de ser
antielitistas, los populistas siempre son antipluralistas.
Los populistas aseguran que ellos –y solo ellos– representan al pueblo. Un
ejemplo: pensemos en el presidente turco Tayyip Erdoğan, que declaró en un
congreso de su partido: “Nosotros somos el pueblo.” Luego preguntó a sus
críticos: “¿Ustedes quiénes son?” Desde luego, sabía que sus opositores también
eran turcos. Esa pretensión de representatividad exclusiva no es una afirmación
empírica, siempre es claramente moral. Cuando se presentan a las
elecciones, los populistas retratan a sus adversarios como parte de una élite
inmoral y corrupta; cuando gobiernan, se niegan a reconocer la legitimidad de
la oposición. La lógica populista implica también que aquellos que no apoyen a
los partidos populistas quizá no sean parte del pueblo, a quien siempre se
define como honesto y moralmente puro. Dicho de manera simple, los populistas
no afirman: somos el 99%. Su implicación es: somos el 100%.
Esta fórmula
siempre les funciona: cualquier diferendo puede descartarse por inmoral y
porque no forma parte del pueblo. Esa es otra manera de decir que el populismo
siempre es una forma de política identitaria (aunque
no todas las versiones de la política identitaria son populistas). Para ser más
precisos, el populismo siempre es una forma excluyente de política identitaria
que devalúa a los diversos “otros”. De ahí que el populismo represente un
peligro para la democracia. La democracia requiere pluralismo y el
reconocimiento de que es necesario encontrar términos justos para convivir como
ciudadanos libres e iguales, pero también irreductiblemente distintos. La idea
del pueblo único, homogéneo y auténtico es una fantasía; en palabras del
filósofo Jürgen Habermas, “el pueblo” solo se presenta en plural. Y es una
fantasía peligrosa, porque los populistas no solo prosperan en el conflicto y
alientan la polarización: a cualquiera que se les interponga en el camino lo
tachan de “enemigo del pueblo”.
Por eso no
puede haber populismo sin que alguien hable en nombre del pueblo en su
totalidad. Pensemos en George C. Wallace, el gobernador de Alabama que se
postuló para la presidencia en varias ocasiones y en muchos sentidos fue
precursor de Donald Trump. Es tristemente célebre la declaración que hizo en su
discurso inaugural en Montgomery, Alabama, en enero de 1963: “En nombre del más
grande pueblo que haya pisado jamás esta tierra, marco una raya en el polvo,
lanzo un guante a los pies de la tiranía y digo: segregación ahora, segregación
mañana, segregación siempre.” La segregación no duró para siempre, como sí lo
hizo la mancha de racismo en la reputación de Wallace. Lo que demostró que se
trataba de un populista fue su pretensión de hablar de manera exclusiva “en
nombre del más grande pueblo que haya pisado jamás esta tierra”. ¿Qué le daba
al gobernador de Alabama el derecho de hablar en nombre de todos los
estadounidenses, descontando, por supuesto, a los partidarios de la “tiranía”
–una palabra que designaba al gobierno de Kennedy y a cualquiera que estuviera
luchando para acabar con la segregación? ¿Y qué le permitía decir que los
“verdaderos Estados Unidos” son lo que él llamó “el gran territorio anglosajón
del sur”? Sin duda, todo lo bueno y lo auténtico que había en Estados Unidos
pertenecía al sur, o al menos eso parecía cuando Wallace dijo:
Y ustedes,
hijos e hijas nativos del viejo patriotismo inflexible de Nueva Inglaterra, y
ustedes, robustos nativos del gran medio oeste, y ustedes, que descienden del
flamígero espíritu de libertad pionera del oeste, los invitamos a venir con
nosotros; pues ustedes pertenecen a la mentalidad del sur y al espíritu del sur
y a la filosofía del sur. Ustedes también son del sur y son nuestros hermanos
en esta lucha.
Al final,
Wallace aseguró que prácticamente todos los padres fundadores eran del sur y
que Estados Unidos era en realidad el sur.
Los populistas
tienden a enfrentar a la gente trabajadora contra una élite corrupta que
realmente no trabaja (o solo lo hace para promover sus propios intereses) y, en
el populismo de derecha, también contra los que conforman los sectores más
pobres de la sociedad (aquellos que tampoco trabajan y viven como parásitos del
trabajo ajeno). Los populistas de derecha dicen percibir una relación
simbiótica entre la élite de la que no se sienten parte y los grupos marginales
que también son distintos al pueblo. En los Estados Unidos del siglo XX, esos
grupos eran por lo general élites liberales progresistas por un lado y minorías
raciales por el otro. La controversia acerca del certificado de nacimiento de
Barack Obama hizo que esta lógica resultara casi ridículamente obvia y literal:
a los ojos de la derecha, el presidente logró personificar al mismo tiempo
tanto a la “élite liberal” como al otro afroamericano, ninguno de los
cuales, desde su punto de vista, pertenece realmente a Estados Unidos. Esto
explica la extraordinaria obsesión de quienes se empeñaron en cuestionar el
lugar de nacimiento de Obama –Donald Trump fue uno de sus líderes– para
comprobar que no solo de manera simbólica era un presidente ilegítimo sino
que era además ilegal: una figura antiestadounidense
que había usurpado el puesto más alto de la nación. (Esta obsesión fue mucho
más lejos de la tendencia entre los de derecha, en los años noventa, de
etiquetar a Bill Clinton como “su presidente, no el nuestro”,
aunque el impulso básico de teñir de ilegitimidad al primer mandatario era muy
similar.) También podría pensarse en las élites poscomunistas y los grupos
étnicos, como los gitanos, en el centro y este de Europa, o en los “comunistas”
y los inmigrantes ilegales (según Silvio Berlusconi) en Italia. En el primer caso,
las élites poscomunistas liberales no son propiamente parte de un país, pues
están coludidas con poderes externos como la Unión Europea y albergan creencias
ajenas a su verdadera patria, en tanto que los gitanos –la minoría más
discriminada de Europa– no tienen, para empezar, ni siquiera lugar en la
nación.
La concepción
moralista de la política que defienden los populistas depende a todas luces de
algún criterio para distinguir entre lo moral y lo inmoral, lo puro y lo
corrupto. Pero la distinción no siempre tiene que ver con el trabajo. Si el
trabajo no es determinante, los indicadores étnicos pueden salir al rescate.
(El pensamiento racista equipara a menudo raza y pereza sin necesidad de hacer
explícita esa ecuación: casi nadie imagina que los receptores de la asistencia
social tienen tez clara.) Aun así, es un error pensar que el populismo siempre
tiene que ser una forma de chovinismo étnico. Hay una multiplicidad de modos
para que un populista distinga lo moral de lo inmoral. Lo que siempre tendrá
que estar presente es alguna distinción entre el pueblo
moralmente puro y el resto. Así, esta conjetura del pueblo noble también
distingue a los populistas de otros actores políticos que son antipluralistas.
Por ejemplo, los leninistas y los fanáticos religiosos ciertamente son enemigos
del pluralismo, pero no consideran al pueblo moralmente puro e infalible en su
voluntad. No todo el que rechaza el pluralismo es un populista.
Para los
populistas no puede haber, en tiempo de elecciones, nada similar a una competencia
legítima (de ahí consignas como ¡Que se vayan todos!, Abbasso
tutti! o Qu’ils s’en aillent tous!). Del
mismo modo, cuando llegan al poder tampoco existe nada parecido a una oposición
legítima. Pero entonces, si solo ellos son los representantes legítimos del
pueblo, ¿cómo puede ser que los populistas no estén ya en el poder? ¿Y cómo
podría alguien estar en su contra una vez en el poder? Aquí aparece un aspecto
crucial del concepto de representación política del populismo: aunque puede
parecer que abrazan la noción de la representación democrática de la voluntad del
pueblo, en realidad confían en una representación simbólica del
“pueblo verdadero” (como ocurre en la idea de “los verdaderos estadounidenses”,
un término muy querido para George C. Wallace). Para ellos, “el pueblo mismo”
es una entidad ficticia situada al margen de los procedimientos democráticos
existentes, un cuerpo homogéneo y moralmente unificado cuya supuesta voluntad
puede oponerse al resultado real de las elecciones en las democracias. No es
casual que la famosa (o tristemente célebre) noción de Richard Nixon de una
“mayoría silenciosa” haya tenido una carrera tan ilustre entre los populistas:
si la mayoría no estuviera callada ya tendría un gobierno que realmente la
representara. Si el político populista no tiene éxito en las urnas, no es
porque no represente al pueblo, sino porque la mayoría no ha podido expresarse.
Mientras permanezcan en la oposición, los populistas siempre invocarán a un
pueblo no institucionalizado que está “ahí afuera”, en oposición existencial a
quienes detentan los cargos autorizados por una elección real.
El
antipluralismo moralizado, así como la dependencia de una concepción no
institucionalizada del “pueblo”, sirve para explicar por qué, cuando una elección
no los favorece, los populistas a menudo oponen el resultado “moralmente
correcto” de un voto al verdadero resultado empírico de una elección. Pensemos
en el primer ministro húngaro Viktor Orbán que, tras perder las elecciones en
2002, declaró que “la nación no puede estar en la oposición”, o en Andrés
Manuel López Obrador, que después de su fallido intento por alcanzar la
presidencia en 2006 argumentó que “la victoria de la derecha es moralmente
imposible” (y se declaró “presidente legítimo de México”); o en los patriotas
del Tea Party, que decían que el presidente que obtuvo la mayoría de votos
“gobierna contra la mayoría”. También está el ejemplo de Geert Wilders, que ha
llamado al Congreso holandés un “parlamento falso” con “políticos falsos”. Y, finalmente,
está Donald Trump, quien reaccionó a todas sus derrotas en las primarias
atacando a sus contrincantes y afirmando que estaban cometiendo fraude, y está
también su afirmación preventiva de que todo el sistema –incluida la Convención
Nacional Republicana– está “amañado”. En resumen, el problema nunca es la
capacidad imperfecta del populista para representar la supuesta voluntad
singular del pueblo; siempre son las instituciones las que de alguna manera
producen los resultados equivocados. De modo que, incluso si estas
instituciones parecen propiamente democráticas, tras bambalinas debe de estar
ocurriendo algo que permita que las élites corruptas sigan traicionando al
pueblo. Por lo tanto las teorías de conspiración no son un curioso añadido a la
retórica populista: emergen de la lógica misma del populismo.
Resulta claro
que, a fin de cuentas, el populismo es una forma altamente moralizada de
política identitaria. Los populistas necesitan una distinción moral entre
aquellos que pertenecen al pueblo y los que no. Estos últimos siempre
representan un peligro que amenaza al “pueblo verdadero”, como lo representa
también cualquiera que discrepe de los populistas. Los populistas siempre
convierten el conflicto en algo personal y el conflicto otorga valor a lo que
dicen y hacen. ¿Qué significa verdaderamente “hacer que Estados Unidos sea
grande otra vez”, si no que el pueblo ha sido traicionado por las élites?
También significa que cualquiera que se oponga a Trump debe estar “contra la
grandeza estadounidense”. ¿Qué significaba la frase de George C. Wallace
“Defendamos Estados Unidos” (la versión nacional de su exitosa frase
“Defendamos Alabama”), si no que Estados Unidos estaba siendo agredido, y que
cualquiera que criticara a Wallace automáticamente habría fracasado en defender
a Estados Unidos? O pensemos en Hugo Chávez cuando declaró en medio de la
huelga general iniciada por la oposición en 2002: “Esto no es entre Chávez y
los que están en contra de Chávez, sino entre los patriotas y los enemigos de
la patria.”
¿Y los
demócratas? Desde luego que su aceptación del pluralismo no implica que tengan
que aceptar todas las opiniones políticas como igualmente válidas. Los
políticos demócratas no dirían que sus oponentes pueden tener tanta razón como
ellos; la lógica de la competencia política en una democracia hace que eso sea
imposible. Lo que distingue a los políticos demócratas de los populistas es que
los primeros entienden su representatividad como hipótesis que pueden ser
refutadas empíricamente a través de los resultados reales de procedimientos
regulares e instituciones como las elecciones. En palabras de la analista
política Paulina Ochoa Espejo, los demócratas sostienen aseveraciones sobre el
pueblo que son autolimitantes y se conciben como falibles. En cierto sentido,
los políticos demócratas que pierden probablemente se acogen a las famosas
frases de Beckett en Rumbo a peor: “Siempre intentando.
Siempre fracasando. No importa. Intenta otra vez. Fracasa de nuevo. Fracasa
mejor.” En cambio, los populistas persisten en la reivindicación absoluta de su
representatividad moral pase lo que pase; como esa reivindicación tiene una
naturaleza moral y simbólica, y no empírica y natural, no puede refutarse.
Por supuesto,
los políticos pluralistas no populistas no dicen en sus apasionados discursos
que hablan solo por una facción. Pero no convierten el conflicto político en
una bandera personal ni un asunto de lo moral contra lo inmoral –como sí lo
hacen los populistas–, y ciertamente no satanizan a sus opositores como
“enemigos de la patria”. Uno puede estar en desacuerdo sin cuestionar el
derecho a la existencia política del oponente.
Dada su
naturaleza antidemocrática, ¿cómo es que el populismo tiene defensores
intelectuales? En el caso del populismo de izquierda que ha resultado tener
gran influencia durante la “marea rosa” en América Latina –y cada vez se vuelve
más importante en algunas partes del sur de Europa–, siempre existe una
aseveración más o menos tácita en juego. Pensemos por ejemplo en Ernesto
Laclau, ocasional asesor de los Kirchner y el guía ideológico de Podemos en
España. Laclau dejó claro que el cambio político solo puede llevarse a cabo si
el populismo crea un antagonismo fundamental en la sociedad y comienza a
afirmar que los excluidos no son solo parte del pueblo, sino que son el pueblo
en sí, en su totalidad. Todo lo demás es mera administración y tecnocracia.
Criticar esa visión no equivale a decir que toda crítica de las oligarquías sea injustificada, o que la acción política radical en nombre de los grupos marginados no sea necesaria. Se trata más bien de señalar que existe algo entre la tecnocracia y el populismo: básicamente el conflicto democrático, que siempre está contenido por instituciones y que puede ser productivo sin que haya que enmarcarlo como “el pueblo contra las élites” o “el pueblo contra los enemigos de la patria”. ~
Traducción del inglés de Laura Emilia Pacheco.
Es catedrático e historiador de las
ideas políticas de los siglos XX Y XXI. Contesting democracy (Yale University
Press, 2011) es su ensayo más reciente.

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